Venía cruzando la plaza del zócalo, apurada porque en el reloj de la torre de Catedral decía 9:15, casi desesperada por llegar antes que todos para disfrutar un poco de silencio y tranquilidad. Sin embargo, he notado que andar con prisa no me impide distraerme a gusto; de hecho desde que trabajo por aquí he descubierto que no puedo dejar de asombrarme con los edificios que rodean la plaza, con las enormes y viejísimas casas -más imponentes y vivas que los novísimos edificios que no tardan en caerse con el próximo temblor-.
Pues bien, caminaba yo rápido, pero viendo por aquí y por allá, imaginando qué extranjerillos me iría a topar al llegar a la esquina, pues en la calle donde inica Brasil hay uno de esos hostales que resguardan muchachos intrépidos, alegres, vagabundos y con poco dinero (si lo sabré yo). ¡Ah!, y además de ahí parte cada mañana un turibús repleto de güeros en shorts y tenis, con la piel blanquísima de bloqueador. Y es que me encanta verles las caras, las expresiones de y orapadónde, bien contentos comiéndose sus tamales y su atole.
Ya iba llegando a la esquina y pude contestar lo que mi imaginación me preguntaba antes: era un grupo de güerejos medio rucos, digamos de unos 40 y tantos o más; todos con shorts, mochila, gorra y lentes. Lo que no esperaba era encontrarme con una situación tan absurda e increíble: estaban todos muy atentos y emocionados, esperando su turno ¡para tocar un bloque de hielo! Sí, uno de esos bloques enormes que usan los vendedores de raspados o de refrescos. No entendí el inglés ponchitesco del guía mientras ponía la mano de una de las señoras en el hielo, pero sus caras de asombro me hicieron asombrarme a la vez, y reír, y preguntarme si nunca habían conocido el hielo. Por supuesto, de inmediato me llegó esa imagen de José Arcadio tocando el hielo por primera vez, maravillado, asustado... ¿Querían sentirse como él, querían seguirle el juego al guía, o en sus perfectas ciudades limpísimas, ordenadas, libres de carritos con botellas de jarabe de colores y enormes bloques de hielo, el hielo es sólo una imagen poética?
lunes, mayo 23, 2005
viernes, mayo 20, 2005
Tres-cero
Ella la miraba mirarla. Sus ojos turbios por la bebida parecían entrecerrarse para imaginar su cuerpo desnudo, sus manos estrujando dulce y fuertemente cada uno de sus pechos, despacio primero, y luego fuerte, fuerte como si quisiera hacer agua de naranja.
La miraba reclinada en el sillón, con los pies colgando, moviéndose en un tic nervioso incontenible. Miraba su mirada pétrea, fija en ese cuerpo carnoso, en esas manos que jugueteaban con el borde de la camiseta, subiéndola y bajándola como abanicando la panza que se desbordaba del pantalón. Sus ojos delataban el deseo de que las manos se descuidaran, que subieran más; lo necesario para dejar libre de tela ese par de promesas que temía nunca poder tocar.
Ella la miraba mirarla y luchaba con sus piernas para impedirles levantarse y patearle la cara; luchaba con sus manos para que no tomaran el cenicero y se lo rompieran en la frente; luchaba con su boca para que no dejara salir la baba de rabia, el escupitajo que estaba reteniendo desde que volteó hacia ella para compartir una sonrisa que no respondió porque estaba hipnotizada con esa boca que no dejaba de escupir incoherencias, con esos dedos que sólo prometían, con esos ojos que no miraban más que al humo que salía del cigarrillo y de vez en vez a ella, la que miraba cómo la miraba quien no la miraba.
La miraba reclinada en el sillón, con los pies colgando, moviéndose en un tic nervioso incontenible. Miraba su mirada pétrea, fija en ese cuerpo carnoso, en esas manos que jugueteaban con el borde de la camiseta, subiéndola y bajándola como abanicando la panza que se desbordaba del pantalón. Sus ojos delataban el deseo de que las manos se descuidaran, que subieran más; lo necesario para dejar libre de tela ese par de promesas que temía nunca poder tocar.
Ella la miraba mirarla y luchaba con sus piernas para impedirles levantarse y patearle la cara; luchaba con sus manos para que no tomaran el cenicero y se lo rompieran en la frente; luchaba con su boca para que no dejara salir la baba de rabia, el escupitajo que estaba reteniendo desde que volteó hacia ella para compartir una sonrisa que no respondió porque estaba hipnotizada con esa boca que no dejaba de escupir incoherencias, con esos dedos que sólo prometían, con esos ojos que no miraban más que al humo que salía del cigarrillo y de vez en vez a ella, la que miraba cómo la miraba quien no la miraba.
jueves, mayo 19, 2005
Yo por eso no manejo
Yo por eso voy juntando todas mis moneditas de a diez, veinte y cincuenta centavos, hasta que llega el domingo por la tarde de cada semana y compro mis diez o hasta quince boletos del metro.
Por eso también me gustan las botas. Que si soy muchacha y que debería usar tacones o unos zapatines bien monos, eso me lo vienen diciendo desde que cumplí catorce y a fuerza quería mis flexibotasnegras, porque sabía desde entonces que no hay mejor forma de llegar a un lugar que caminando, y que los pies, por eso, necesitan estar bien cómodos, sin apretaduras que les provoquen cayos o pellejos apestosos. Es más, estoy segura que es más difícil morirse caminando que en un pesero de la muerte que tiene prisa por llegar al baño o a quién sabe dónde -¿al centro de su soledad?-. Ya sé que cuando uno camina puede caerle en la cabeza un pedazo de mármol de edificio viejo, una rama bien seca y pesada, un meteorito hirviente, un zapato embarrado de caca de vaca o peor aún, una caca de vaca... Diablos, sé que es de lo más arriesgado caminar por las banquetas sobre avenidas anchas y con carriles en contraflujo por los que a veces se descarrrila el trole y se lleva un puesto de tortas y tacos o jugos (y a los comensales con ellos); también sé del peligro que acecha en los camellones tan delgadititos, tan cercanos a los camiones de refrescos o del gas; peor aún, de las manos gordas y gruesas de quienes manejan esos camiones... Pero nada es tan terrible como manejar un auto en plena madrugada junto a un muchcachillo que a pesar de sus años todavía no aprende a comer y beber moderadamente, un muchachilla que se para el cuello diciendo que lo sabe todo del buen estilo para vestir, pero yo me pregunto, ¿qué de elegante tiene vestirse a sí mismo y al que maneja de vomitada? O ¿en qué revista de autos, de esas que dicen saber qué es lo mejor para que tu auto luzca y deje con la boca abierta a los demás, dice que debe cubrirse con una espesa capa de vómito el volante, el tablero, los tapetes y los asientos delanteros? Yo no entiendo.
Yo por eso no manejo.
Por eso también me gustan las botas. Que si soy muchacha y que debería usar tacones o unos zapatines bien monos, eso me lo vienen diciendo desde que cumplí catorce y a fuerza quería mis flexibotasnegras, porque sabía desde entonces que no hay mejor forma de llegar a un lugar que caminando, y que los pies, por eso, necesitan estar bien cómodos, sin apretaduras que les provoquen cayos o pellejos apestosos. Es más, estoy segura que es más difícil morirse caminando que en un pesero de la muerte que tiene prisa por llegar al baño o a quién sabe dónde -¿al centro de su soledad?-. Ya sé que cuando uno camina puede caerle en la cabeza un pedazo de mármol de edificio viejo, una rama bien seca y pesada, un meteorito hirviente, un zapato embarrado de caca de vaca o peor aún, una caca de vaca... Diablos, sé que es de lo más arriesgado caminar por las banquetas sobre avenidas anchas y con carriles en contraflujo por los que a veces se descarrrila el trole y se lleva un puesto de tortas y tacos o jugos (y a los comensales con ellos); también sé del peligro que acecha en los camellones tan delgadititos, tan cercanos a los camiones de refrescos o del gas; peor aún, de las manos gordas y gruesas de quienes manejan esos camiones... Pero nada es tan terrible como manejar un auto en plena madrugada junto a un muchcachillo que a pesar de sus años todavía no aprende a comer y beber moderadamente, un muchachilla que se para el cuello diciendo que lo sabe todo del buen estilo para vestir, pero yo me pregunto, ¿qué de elegante tiene vestirse a sí mismo y al que maneja de vomitada? O ¿en qué revista de autos, de esas que dicen saber qué es lo mejor para que tu auto luzca y deje con la boca abierta a los demás, dice que debe cubrirse con una espesa capa de vómito el volante, el tablero, los tapetes y los asientos delanteros? Yo no entiendo.
Yo por eso no manejo.
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