martes, agosto 20, 2013

Veneno


La palabra que dice y llora. La palabra que se desenreda en el camino del colector de entrañas. La palabra que muerde hasta desintegrar las luces del faro en la otra orilla. La palabra durmiente que se abalanza con cuchillo y sierra eléctrica desde las raíces de todos los dientes. La palabra que arde en la inconsciencia del inocente verdugo a punto de estrenar el llanto ensangrentado de arrepentimiento. La palabra que antes de ser dicha se destornilla de lo más invertebrado del organismo para dejar constancia de que era casi imposible arrancarla de la cavidad estremecida en canto y llaga. La palabra desgajada, desmembrada en los cortes que ella misma va silabando en cada ideograma fónico al construirse en el aparato torácico-laríngeo. La palabra que se quisiera de oniria y membrana atómico polar y es de muerte, porque de sus pistilos brota la efervescencia de la costra herida dos, tres, cinco veces, y el humus de la ponzoña que gesta el dolor guardado en los peces voladores que incansables zarpan de la más profunda caverna.



miércoles, junio 26, 2013

Despojos



Ya regresaron los emplumados solares. Pasan, o mejor dicho, rompen la cáscara más delgada de la neblina que está a punto de evaporarse. No. En realidad cruzan danzando con las cuerdas que extiende el sol de polo a polo, y, en cada paso de baile, perfectamente marcado por las aletas de fuego que nacen de sus alas al tacto con los neutrinos ultramar, brota de sus ojos ese canto eléctrico con que anuncian aquello que, en microsegundos, les está siendo revelado: los despojos de la noche que habitan entre las paredes del aire.


viernes, mayo 17, 2013

Imago terrificus



Curiosamente el ojo humano ha podido captar, a través de los diversos modelos de cámaras fotográficas diseñadas cada vez con mayor alcance y resolución a lo largo de su historia, los diversos fenómenos naturales que intentan sacudirse al hombre de la Tierra. Por supuesto, es ancestral la necesidad de testimoniar gráficamente el suceso caótico, el encuentro terrible de la temperamental natura con la frágil “seguridad” ingenua del hombre, el incontrolable trauma ante el asombro de haber atestiguado un instante de vital y revelador choque entre el inmenso animal quimérico que habitamos y la inocente noción de perpetuidad que la civilización humana ha pretendido ejercer desde que integrara hileras de piedra y lodo sobre hileras de piedra y lodo. En teoría, el registro del suceso, además de testimonio, debería funcionar como un constante recordatorio de que la humanidad funge como parásito –más que habitante- de un ser ensamblado por distintas naturalezas, y cada naturaleza, a su vez, obedece a ciclos, flujos, palpitaciones y estremecimientos incontrolables e impredecibles que, obedeciendo a su también natural desenfreno, significan una “amenaza” para la evolución humana. 

Sin embargo, la finalidad de esta nota no es abundar sobre el desequilibrio y la verdadera amenaza que el hombre significa para la Tierra: eso, si no se entiende con los desajustes climáticos que se manifiestan cada día, pues será incomprensible para quien insista en que el hombre debería esforzarse por desarrollar la industria necesaria para controlar al planeta. No. La finalidad de esta nota es sencilla, y nació, como casi todas las que aquí habitan, a causa de una duda que llegó a mi mente después de un temblor ocurrido casi un mes después de instalarnos en nuestra cabaña de Jardín del Valle, a las orillas del Pichincha.


Hay espectaculares fotografías, grabados, dibujos, mosaicos y frescos que registran diversas manifestaciones de aquello que se conoce como catástrofes naturales. Existen imágenes de erupciones volcánicas, o mejor dicho, del acto del nacimiento del fuego terrestre; hay también del ojo-agujero blanco que transporta a una dimensión de aire todo lo matéricamente incorrecto que encuentra a su paso (este fenómeno se conoce como tornado); he visto claras imágenes de los enormes bostezos marinos, que mientras más fatiga contenida tenga, abre más sus fauces líquidas y muestra sus entrañas de crustáceo y arena (digámosle su nombre de ciencia ancestral: tsunami); por supuesto, son clásicas y añejas las imágenes del cielo amoratado agrietándose de agua y colmillos de luz, pero, ¿acaso existe un reflejo estático del momento en que la tierra se sacude súcubos e íncubos, en que se restriega los párpados tratando de sacarse a los hombres incrustados, como lágrimas secas, entre sus pestañas terrestres?