lunes, mayo 30, 2005

Hamlet por Hamlet

Hace un par de días escuché una crítica férreamente negativa sobre esta puesta en escena, misma que fue calificada como bodrio y cuyo trabajo de escenografía fue reducido al concepto de tramoya, como si ello significara que el esfuerzo de los tramoyistas no implica ningún trabajo o valor. La crítica también aludía a una falta de dirección por parte de Gurrola -quien además fue calificado de fanfarrón- y a la terrible actuación de Giménez Cacho, quien -junto con todo el elenco- cometió el error de actuar como sí mismo (¿?) y sobre todo, de tratar de simpatizarle al público. El enfado de quien diera esta opinión -que afirmó, por cierto, haber visto 30 puestas en escena de Hamlet- aludía también a que lo único que se había logrado con esta versión había sido darle un tono simplista a la obra, alterando o transformando los personajes sin sentido. Pura tramoya.
Bueno, ante esta crítica -tan válida y respetable como cualquier otra a favor o en contra de cualquier cosa-, no pude más que dar la mía, mencionando varios aspectos de los que hablé la vez pasada. Yo insisto en que no soy asidua al teatro y mucho menos experta, y por lo tanto mi opinión sólo se reduce a la de un espectador más. Eso sí, aclaro que cuando leo o voy a un concierto o exposición, nunca lo hago con el fin de analizar o buscar o criticar algo, sólo percibo, relaciono, recuerdo; si me va bien aprendo, si algo me molesta, en seguida me salta y trato de recordarlo después para saber por qué me molestó, pero nunca me he ejercitado como crítica-observadora o crítica- expectadora a menos que ese sea el objetivo (para una reseña o artículo). Bien, después de tener una larguísima conversación al respecto con M., -sí, esta vez la opinión de P. despertó en M. unos ánimos de contrargumento terribles y maravillosos a la vez, pues resulta que sus padres han sido testigos de varios trabajos de Gurrola, y dicen que siempre ha destacado por buscar alternativas más radicales y distintas; tanto, que en los 70, durante una función dirigida por él, el ejército irrumpió y golpeó no sólo a los actores, sino también al público. M. acudió hace años a un espectáculo de performance en el Rufino Tamayo cuando fue el eclipse de sol y a otra puesta en escena en la que compartía la butaca con espectadores hechos de paja distribuídos por todo el teatro; por lo que de oídas, leídas y en carne propia conoce su propuesta y concepto, así que coincidimos en que hay un gran esfuerzo detrás de esta versión que se deja ver mientras transcurre la obra-, y gracias a todos sus comentarios de aquella noche, he decidido darle un seguimiento a este tema, ya que no entiendo que alguien tan joven como P. utilice argumentos tan tradicionalistas y conservadores para juzgar un trabajo en una época en la que es palpable la evolución en las formas de expresión artística, sin que por ello pierdan su valor, esencia y concepto original, como es el caso de las interpretaciones y adaptaciones de textos tan antiguos.
Aquí dejo al lector con una entrevista publicada en La Jornada el 22 de mayo de 2005 (un día después de que la vimos).
El amor, lo primero que naufraga en los círculos del poder
Aquello de ser o no ser es un falso dilema: Hamlet
Descubrir un crimen de Estado y castigar al asesino de su padre, producto del azar, dice el príncipe de Dinamarca
ARTURO JIMENEZ
Ha descubierto un crimen de Estado, ha encontrado y castigado al asesino de su padre, ha puesto en su lugar muchos conflictos con su madre, ha podido lidiar con los demonios de la venganza ansiosa para llevar a cabo un plan más elaborado que lo conduzca a la verdad, pero Hamlet, el príncipe de Dinamarca, no se arroga mayor mérito y asegura, en entrevista, que más bien se trata de la casualidad y de las leyes del azar.
Muerto, después de haber arribado a un momentum que fundió la justicia, el dolor y la rabia, y después de haber pasado por la más difícil y compleja etapa de su vida, inventada por el dramaturgo inglés William Shakespeare, Hamlet accede a platicar con La Jornada en el camerino del teatro Carlos Lazo de la Facultad de Arquitectura de la UNAM. En la traducción ayuda un tanto el excelente actor mexicano Daniel Giménez Cacho.
-Hamlet, ¿cómo te sientes después de esta etapa de tu vida, una etapa de dolor y deseo de venganza ante el asesinato de tu padre?
-Estoy feliz porque ya estoy muerto. Hallé al culpable, pero como que eso ya no importa. Son como esas cosas en la vida de que estás buscando algo y, cuando por fin lo encuentras, ya no importa.
-Aclaraste además un crimen de Estado. Eso se parece mucho a algo que no pasará, dentro de cuatro siglos, en un país lejano llamado México.
-Tal parece que eso sucede en todos lados. Hay cosas muy tristes. Lo primero que naufraga y desaparece en esos círculos de poder es el amor. Huye completamente y entonces todo se vuelve muy horrible y crudo. Y pues ese es mi problema: un alma que quiere ser diferente y que no acepta todas esas reglas de la avaricia, la lucha por el poder y la mezquindad. Me siento bien al morir porque como que de por sí no pertenezco ya a este mundo. Me ha rebasado, y en realidad pienso que he perdido.
-Eso encaja con el formato de la tragedia clásica: el héroe tiene que morir.
-Sí, aunque aquí mi muerte es una casualidad, un accidente, no un destino trágico.
Miedo, odio, honor
-¿No encontraste algún motivo para sobrevivir, para no morir?
-Después de tantas cosas que me pasaron y que pensé, estuve decidido a matar al asesino de mi padre, mi tío, el rey Claudio. Y justo cuando estaba decidido a hacerlo, pasaba algo que me lo impedía. Al final lo hago, pero también estoy muerto. Es como si yo hubiera diseñado mi propia manera de morir: matarlo a él y morir yo. Como cuando uno piensa tanto en algo, que lo llama y sucede. Siento como si yo hubiera construido todo este final. Es algo parecido a cuando sueñas algo y tú mismo llamas la tragedia. El destino trágico no te busca, tú lo buscas.
-Muchas veces estuviste a punto de sucumbir a ese deseo de venganza inmediata, vulgar, directa, pero lo contenías para seguir tu plan, en el que incluiste la representación de la traición y el asesinato de tu padre en una obra de teatro. ¿Cómo fue esa lucha interna?
-Es un poco como las vueltas que da el pensamiento. Por ratos hay miedo, por ratos odio, por ratos el código de honor de que no se puede matar a alguien así, de que uno no se va a rebajar a hacer lo mismo que el otro hizo. Yo no puedo matar como mataron a mi padre. Hay como una nobleza, creer que todavía hay valores como la lealtad, la solidaridad, el honor, la justicia, en un mundo que está totalmente corrompido.
-Incluso la amistad es muy importante para ti, pues la pones en juego hasta en tu relación con los súbditos.
-Sí, porque estoy rodeado de mucha mentira. Todo empieza con la mentira de cómo asesinan a mi padre, y a partir de ahí todo es mentira para envolverme: el rey miente, me espían, y mienten y mienten. Por eso la amistad es importantísima. Y por suerte tengo un amigo en el que sí puedo confiar. De hecho, si no queda vivo mi amigo Horacio, no se podrá saber nada de lo que en realidad pasó. Sólo se verá que ahí hubo una carnicería, pero no se conocerá la cantidad de traiciones que me hicieron.
-Hay ahí una búsqueda de la verdad.
-Quizá eso es lo más importante, y no la venganza. Por eso tarda tanto en consumarse.
Ser, y no ser
-¿De dónde tomabas la fuerza para vencer esa cobardía que dices que por momentos te asaltaba?
-De esa búsqueda de la verdad. Aunque tampoco creo que yo decida muchas cosas. Pienso mucho y parece que soy muy inteligente, pero en realidad la vida tiene un ritmo y uno está tratando de ir a otro lado: pasa una cosa que uno hace y pasa otra que hace la vida, y al final todo es totalmente azaroso y no depende de la voluntad de uno. Esa es la gran lección para mí
-Finalmente, Hamlet, ¿pudiste sortear el dilema de ser o no ser? ¿Fuiste o no fuiste?
-No sorteé ese dilema. Pero siento que hacia el final eso ya era irrelevante, pues se trata de un falso dilema: a veces se es, a veces no se es, y eso da igual. Eso es más bien parte de un momento de la depresión en que tienes que decidir absolutos: sí o no.
-¿Qué pensarías si un mago te dijera que dentro de 400 años ese dilema se hará mundialmente "clásico"?
-No me extrañaría, porque como es un dilema sin solución, siempre estaremos todos dándole vueltas a eso. Es un misterio sin solución.

viernes, mayo 27, 2005

Las alas de las tortugas

Antes de llegar a la mitad de la película, recordé cuando era niña y de repente me preguntaba qué pasaría si los grandes desaparecieran; si mis hermanos, y los vecinos y los del parque nos quedáramos solos y pudiéramos hacer lo que quisiéramos... Lo cierto es que en gran parte era así, pues la mayoría de nuestros padres siempre han trabajado todo el día y nos dejaban al cuidado de muchachas que nosotros veíamos grandes, imponentes y amigables, pero que en realidad tenían entre 16 y 20 años.
Muchas veces imaginé que hacer lo que yo quisiera sólo tendría que ver con vagar hasta muy tarde por el camellón del parque, subirme a todos los juegos, echarle lodo a los columpios que yo no quería que nadie más usara y regresar a casa, tomar la leche sólo con chocolate, sin ningún tipo de vitamina extra, y dormir. Cualquiera diría que es lo más común entre un escuincle de 7,8,9 o 10 años... Pero NO. Nunca se me había ocurrido ni preguntarme qué quiere o hace un niño de esa edad en un país devastado por la guerra, a punto de ser más destruído y saqueado aún. Un montón de niños que han tenido que aprender a vivir sin los grandes, y no precisamente porque su deseo se haya hecho realidad, sino porque la mayoría de sus padres y demás parientes ha muerto a causa de los bombazos o las metralletas. ¿Qué desea un niño que debe desactivar minas para venderlas y obtener monedas o comida a cambio? ¿Qué desea un niño que ha perdido un brazo o una pierna tratando de desactivar una de esas minas? ¿Qué desea un niño que por ser el más grande y el que sabe un poco de inglés se convierte en el líder del pueblo?
Después de ver la película, la respuesta que se me ocurre es: Que algo cambie, que algo extraño aparezca de repente, que un ser onírico o fantástico invada la realidad y la distorsione.
Y en este caso no es sólo uno, sino tres, los personajes que aparecen y transforman las situaciones cotidianas con una especie de atmósfera ominosa, terrible y atractiva a la vez. Son como un aviso de curva en la carretera que guía al espectador -más que a los otros personajes- por un camino cada vez más sinuoso, más desafortunado. ¿Qué desea un niño con tanta fuerza, experiencia y sabiduría, al que la vida ya no le guarda ningún secreto?
Es fuerza-crudeza-imagen-sensación; sobre todo cuando las alas de la tortuga son sus patas, y con ellas vuela.
Las tortugas pueden volar/Lakposhtha ham parvaz mikonand, Bahman Ghobadi, Irán-Francia,2004

miércoles, mayo 25, 2005

¡Qué Hamlet!

A mí no me gustaba el teatro; lo leía a veces, pero no lo veía. Bueno, lo había visto, de pequeña, y un poco más grande, y no me convencía. Lo que pasaba era justo que no me convencía: los actores eran demasiado actores, con su tonadita de no estar creyendo lo que dicen, que enfatiza todas las sílabas finales, como si estuvieran asombrados de todo lo que dicen y les dicen. Y los vestuarios y escenografías, tan rebuscados y exagerados o terriblemente simples y sin chiste. Eso era lo que pasaba, que yo no creía que estuviera ante la escenificación de una historia irreal, la materialización de palabras que pertenecen a un texto ficticio. Y me aburría, me enojaba.
Pero hace unos meses fui -convencida más por la imagen de la propaganda que por la obra- a ver La honesta persona de Sechuán, escrita por Brecht y puesta en escena por segunda vez por Luis de Tavira.
Bueno, la experiencia fue rara y agradable a la vez: era medio musical y a mí la verdad eso no me gusta ni en el cine (a excepción, claro, de Dancer in the dark), era muy populista pero sin caer en ¡oh, qué víctimas de la sociedad nosotros los pobres!, adaptada a la sociedad mexicana actual (con sus chales y mentadas de madre), y duró cuatro horas. Recuerdo que quedé apantallada con la escenografía -que eran distintos locales de la calle, y algunas veces las escenas se representaban adentro, por lo que hicieron cubos ráricos con perspectiva, para ver en distintos planos a los personajes; las cortinas subían y bajaban, y cambiaban de lugar- y el vestuario, que convertía en caricaturas sarcásticas a los actores, todos con máscaras. De cualquier forma la pasé bien, de vez en cuando pensaba en que ya debería acabarse y miraba alrededor para ver las expresiones de los demás.
Sin embargo, este sábado todo fue distinto. Ya me habían contado de las audacias de Gurrola, y siempre me ha gustado ver las adaptaciones cinematográficas de la obra de Shakespeare. Pero lo que ví ahí no se compara a ninguna adaptación ni interpretación. Lenguaje fluído, vestuario armado con ropa vieja: una capa con cortina, una falda con muchas camisas, otra capa de corbatas, etcétera; una reina sado, un Hamlet seudo clochard, una muerta que decide resucitar momentáneamente, cuyo réquiem se tocó en vivo con un sax y un tambor... Las luces rojizas, azules, violáceas y cobrizas, junto con el hielo seco y una música que salía en cada corte de escena, le daban un ambiente bien etéreo, como sobrenatural, como si de pronto sí se fuera a aparecer el fantasma del papá de Hamlet -que de hecho sí lo hace, pero tan fantasmagóricamente, que parecía más sombra del fantasma-.También hubo barcos atacándose con pólvora, un encuentro de esgrima, y esa frase que desde entonces no se me quita de la cabeza antes de dormir: "Y lo demás es silencio" (tampoco se me va a olvidar que por eso el título del libro de Monterroso). Vaya, no sé qué más contar, nunca había escrito algo sobre una obra de teatro; sólo sé que lo mejor fue que me olvidé que estaba ahí y que esos personajes eran actores, y sobre todo, me maravilló sentir que de verdad le estaban dando vida a un texto escrito hace años, y que muchas imágenes coincidían con las que yo había imaginado. Eso sí, de repente me perdía en algunos diálogos de tan largos y medio rebuscados que son, pero quedé convencida de que puedo esperar buenas sorpresas si detrás del telón hay un buen director, un gran esfuerzo (tardó tres años en ponerla en escena) y unos actores de verdad: Daniel Giménez-Cacho, la Reina Sado y Edwarda Gurrola.