miércoles, enero 18, 2006

Una balsa de arena

Y yo que le temía a las turbulencias en el aire, no esperaba que las más fuertes, las de verdad, se produjeran en la tierra.

Aterrizar y bajar las escalerillas del avión como sólo parece que ocurre en las películas; caminar por un pequeño tramo de pista y entrar al aeropuerto para buscar el baño porque durante el trayecto no me atreví a mover un solo músculo... Cuánto miedo y cuánta tensión terriblemente absurdos.

“Estamos en San José del Cabo, donde se encuentra el Hotel Posada Real. ¿Quiénes bajan ahí? Levanten la mano, por favor. Mmmm... bastantes. Haremos el recorrido por la costera hasta llegar a Cabo San Lucas, donde bajarán quienes se hospedan en el Costa Real. ¿Quiénes son? Levanten la mano. ¡Vaya, cuántas mujeres!”

Dejar que los padres hagan el trámite de registro y decirle a la hermana ¡vamos a la playa! Vamos, dice. Atravesar el pasillito de tumbonas donde reposan unos gordos impresionantemente gordos y rojos; mirar a izquierda y notar que hay un pequeño jacuzzi, mirar a derecha y notar que en la alberca, aunque está grande, no hay nadie. Ha de estar fría, dice la hermana. Sentir hundirse a los pies entre la arena. Notar que hay un tramo grande e irregular de ahí hasta donde llegan las olas; es tal la distancia que uno no alcanza a ver más que la superficie calmada, sin oleaje, sin corriente y le dice a la hermana ¡órale, aquí no hay olas! Ella responde algo entusiasmada, ¡chido, se ha de poder nadar bien! Subir y bajar los montículos de arena hasta que ahora sí se mira cómo choca el agua contra la playa, cómo se vuelve a ir, se eleva y vuelve a chocar. No pues sí hay olas, pero está tranquilo, le dice uno a la hermana; pero entonces ¿por qué nadie se mete?, pregunta ella y uno mira a los lados, a la gente sentada sobre el montículo más lejano, sólo mirando. Ha de estar fría, le contesta uno a la hermana, igual que el viento.

Dejar las cosas en el cuarto y ponerse los guaraches y un suéter, porque vamos a comer en la terraza y el frío se apodera del ambiente. Brindar y comer. Comer y brindar porque ya llegamos y vamos a estar aquí siete días.

Dormirse algo mareada. Despertar todavía mareada, pero sorprendida por una luz rojísima que llena el espejo. Levantarse a tientas y correr a la ventana. ¡Mira las nubes, están bien rojas, está amaneciendo!, le dice uno a la hermana, quien se levanta diciendo qué, qué, a ver a ver, sí... órale, tómale una foto. En cuanto el sol desaparece entre las nubes, volverse a dormir, pues apenas son las 6:30 am.

Desayunar y darse cuenta de que nadie entra al mar. Preguntarle al mesero, quien explica que aquí no se puede nadar porque además de que el agua está helada, las corrientes son muy fuertes y hay poco espacio de playa, por lo que muy pronto se llega a la misma profundidad que el mar abierto.
Vamos a caminar pues, dice el padre, y la madre no deja de mirar el agua y tallarse los brazos. Hace frío, murmura ella.

Caminar a lo largo de la playa hasta toparse con unas rocas enormes. Descubrir que en verdad ahí el aire es muy fuerte y frío, que el agua entume los pies al poco tiempo de estarlos remojando en la orilla. Mirar a un zueco trepado en una tabla como de esquí, amarrado a una vela como de velero que lo va guiando sobre el mar. Hace piruetas, volteretas, se eleva, patina sobre las olas. Uno se imagina un pez águila, un pez correcaminos, un pez libélula, un pez mariposa, como la hermana.

Planear cuándo iremos al barco que lleva a dar el paseo en busca de las ballenas. Mirar el folleto que nos dieron al llegar al aeropuerto y leer las opciones: barco de dos pisos con música viva y barra libre; lancha de cristal; exploración en lancha de aire (son lanchas de plástico con motor integrado; en cuanto el capitán visualiza una ballena, acelera a toda velocidad y la alcanzan. La gente debe ir con chaleco salvavidas y atada a la lancha). Nos emociona la última opción pero la madre advierte que ella no irá, que nos esperará en el muelle. Tratamos de animarla, pero nos recuerda que le teme a las olas altas, que no sabe nadar, que no le gusta y punto. El padre la presiona y le dice que tiene que ir, que hay que ver a las ballenas. Uno le dice que si no quiere no, que las grabamos y se las enseñamos cuando regresemos. El padre se enoja y dice que entonces para qué vinimos, que mejor nos compra los videos de National Geographic de los animales que querramos y nos quedamos en la casa viéndolos. La hermana se enoja y le dice que entonces ella le compra el de Egipto, a ver si se queda en la casa a verlo. Él se enoja y dice YO sí voy a ir a Egipto, pero tu madre no porque no se va a subir al crucero ¿? La hermana y yo nos miramos con signo de interrogación porque no sabemos a qué crucero se refiere. Miramos a la madre y está llorando. La hermana se enoja y le dice al padre ¿ya ves lo que haces? El padre se queda serio y trata de calmar a la madre. Ella de verdad está triste y enojada. Sólo dice ya, déjame, si no quiero no voy a ir.
Miro hacia el mar y de una forma tremendamente contrastante, el sol brilla en el cielo limpio.

Abordar el barco-yate de dos pisos a las cinco de la tarde. La madre se animó al final y se sentó muy quietecita en las bancas de en medio, donde se siente menos la agitación. La hermana y yo nos sentamos en la orilla junto a la cabina del capitán; ella con cámara de foto en mano, yo con cámara de video en mano. El padre se sienta con la madre y le enseña en dónde están los chalecos salvavidas. Me acuerdo de Herzog y de su búsqueda del monstruo en el Lago Ness. La hermana y yo nos emocionamos imaginando qué ballenas veremos, deseando tener la suerte de ver alguna, pues dicen que en realidad sólo si hay suerte se logra alcanzarlas, ya que esta parte del mar sólo es una ruta de paso hacia su refugio, más al norte en Laguna Ballena, donde paren a los ballenatos o llegan a descansar si los parieron en el camino. Por fin avanza el barco, empieza la música y el aire algo frío, pero no importa. Un poco lejos ya, nos dirigimos a la atracción principal de Cabo San Lucas: El Arco y el arrecife de los leones marinos. Es maravilloso, una formación de piedra blanca, que ha adquirido esa figura debido a la erosión eólica y las fuertes corrientes marinas. Los leones marinos están todos juntos, uno de ellos levanta la cabeza al vernos y entona unos aullidos que interpretamos como saludo y deseo de buena suerte, pero también como advertencia de que no nos acerquemos más, pues parece que hace poco las madres parieron a los pequeñitos que se ven por distintos lugares de la roca.
Rodeamos toda la zona y por fin la madre se relaja, anda de barandal a barandal mirando cómo cambia el paisaje. El padre anda contento y se apodera de la cámara para tomar y tomar fotos. El barco se aleja de la formación y se dirige hacia el horizonte, a la izquierda del sol. Pasan como 20 minutos y por fin el capitán avisa ¡por ahí anda una ballena! Entonces acelera y la emoción crece otra vez; miro a los lados y descubro que hay otros dos barcos-veleros que también están buscando... Despacio, despacio, parece que estamos cerca... ¡y sí, de pronto ahí está la aleta! La emoción paraliza a la hermana, pero yo me acerco al barandal para ver mejor. Son dos negras, jorobadas. Primero sólo se ven las aletas y los lomos, avanzando despacio; luego sale una y expulsa el chorro de agua, luego la otra, que hace lo mismo y al final asoma la gran cola... enseguida se sumerge. Todos nos quedamos mirando en espera de que vuelvan a salir, pero no. Una sensación de contento pero de desasosiego nos invade, y empieza a avanzar de nuevo el barco. A los cinco minutos, la madre, que se quedó buscando alrededor, grita ¡allá va otra! El capitán vuelve a acelerar girando a la izquierda, nos volvemos a acercar al barandal y la alcanzamos. Son otras dos, pero esta vez las colas son blancas. Una de ellas se deja ver mejor, gran parte de su cuerpo sale a la superficie y luego vuelve a sumergirse enseñándonos el revés de su cola. La otra no enseña más que la aleta, pero de cualquier forma es maravilloso.
Se pierden en lo profundo del mar. Ahora sí vamos de regreso, pues con tanta expectación nos hemos alejado demasiado y el sol se está yendo bastante rápido. El frío empieza a entumir los brazos y las piernas. La noche y la luna están a la derecha. El ocaso lleno de nubes magenta tiñe el cielo azul a la izquierda. En el barco la gente baila y bebe. Al poco rato también nosotros bailamos, pero no bebemos; es suficiente con el mareo de altamar.

Amanecer nublado, aire fuerte y frío. La madre está adolorida de la espalda y pide un masaje; la hermana pide lo mismo. Le digo al padre que quiero recorrer el lado contrario de la playa y me acompaña. Conforme caminamos notamos que la arena es más suave, que hay un gran terreno virgen, y que las olas por ahí no son tan fuertes, se puede nadar. Al final, cuando casi llegamos a otro pueblito, descubrimos que hay un estero. Hay que venir con mi mamá y Marisol, le digo al padre. Él dice que sí, que está bien para caminar.
Regresamos y nos tumbamos un rato en la playa. Entonces me recorre el silencio. Me asusta. Miro a la gente que está junto a nosotros y me doy cuenta de que la mayoría, además de ser extranjera, es mayor de 50 años.

Las nubes se instalan en el cielo. No hay mucho aire y todo parece estático. Algunas risas en la alberca, mucha gente en el jacuzzi. No hemos entrado ni a una ni a otro, le digo a Marisol. Hace frío, dice ella, hay que echarnos unos tequilitas. No, mejor vino tinto, le digo. Mejor uno y uno, ¿va?, me dice y se encamina al bar. Los padres hace rato que se fueron al pueblo, debían hacer un depósito. San José del Cabo, qué pueblo tan pequeño y agrio. Fuimos hace dos días y lo único que me gustó fue un pequeño mural de mosaicos que está en el friso de la iglesia: representaba a un indio americano arrastrando de los pies a un fraile. Al parecer a los indios de la región no les agradó para nada la idea de la monogamia que los evangelizadores trataban de imponer y los mataron.
Más allá sólo hay tiendas y tiendas llenas de artesanías de todo el país. Bobeamos un poco y una muchacha nos contó que ahí no hay una artesanía particular; de hecho quienes atienden estos comercios son del DF o de algún otro estado del país. Lo único característico es la Damiana, una hierba que se hace en té o en licor; supuestamente es afrodisíaco, pero también es relajante y digestivo. Lo otro son los jabones de esencias naturales que por cierto hace una gringa, pero con puro material natural de ahí. Es todo. Y por supuesto los precios se cotizan en dólares y absurdamente caros. Ejemplo: una bolsita chiapaneca (chica, no morral) de las que abundan en Coyoacán, ¡35 ó 40 dólares!

Hacerle caso a los padres para entrar al jacuzzi. Al principio lastima el agua caliente sobre la piel ardida. Después se acomoda uno y ya no siente tan feo. Hay otras personas ahí, extranjeros, y al notar que el padre intenta platicar con ellos, la hermana y yo le servimos de traductores. Descubrimos que no hay tanto gringo como pensábamos, sino canadienses. Tres de ellos, una pareja y la amiga, se entusiasman con la plática y se quedan –nos quedamos- toda la tarde, hasta la hora de cenar. La pareja es de Alberta y la amiga de Vancouver. Entre otras cosas nos cuentan que allá sólo hay dos meses (julio y “augusto”) de intenso calor, con temperaturas de hasta 50 grados; los otros meses todo es frío y nieve que llega a juntarse en montones de 1.50 metros. Quieren conocer otros estados, donde haya menos playa y más cultura... Les recomendamos, para empezar, Oaxaca, Chiapas, Veracruz; pero ni siquiera pudieron pronunciar los nombres, así que les propusimos que si traían un mapa o una guía de México, podríamos marcarles los lugares. Sólo llevaban un diccionario, pero nos agradecieron la idea de conseguirse una guía.
Salimos del jacuzzi para cenar; hemos bebido bastante gracias a las atenciones de Brian, quien no dejaba que tuviéramos el vaso vacío en la mano. Vaya, nos despedimos contentos de habernos conocido. Después de bañarse y atestiguar el largo proceso de desenredamiento de los cabellos de la hermana, llegamos a la mesa. La madre tiene un té de manzanilla y el padre ya ha empezado a comer su sopa. Tiene los ojos rojizos y empequeñecidos por el alcohol y el relajamiento del agua caliente, pero su tono es grosero y agresivo; nos reclama por habernos tardado tanto y le reclama a la madre que se haya enfermado del estómago justo cuando les habían explicado cómo llegar a un restaurante que sólo vende mariscos. Los canadienses entran y se acomodan con otros canadienses. El padre voltea a cada rato hacia su mesa, pero ellos están muy ocupados conversando y riendo. La madre quiere irse a dormir pero el padre dice que se aguante hasta que se acabe el postre, y que además vamos a ir a ver las estrellas. Ella dice que no, él dice que sí; ella que le duele el estómago, él, que se tome la pastilla para el colesterol; ella que no porque sólo se toma con alimentos, él que sí que te la tomes, que órale. Los tonos suben, la hermana y yo nos miramos y ella dice ¡ya pues, no se va a tomar la pastilla y no se van a ver las estrellas porque está nublado, hace frío y tenemos sueño!
Yo miro a la madre, y se está aguantando las ganas de llorar. Pienso que no es posible que esté aguantando eso y más y también bostezo para disimular una lágrima.

Sigue el frío, sigue nublado y no hay nada más que hacer. Fuimos a San Lucas, pero es lo mismo que San José, sólo que más grande, con más autos, con más tiendas y más gente.
Quedarse mejor ante el mar, que se ha vuelto bravo en los últimos días. Me imagino personaje de Persona, de Bergman. Me imagino al viejito ahogado que la hermana soñó hace dos noches. Me imagino a todos muertos de la asfixia provocada por el silencio, la inmovilidad y el alcohol. Me imagino que no vuelvo, que me quedo ahí sentada en uno de los montículos que dan a la playa, sintiendo cómo rompen las olas contra la arena y la fuerza hace que se mueva la península, que tiemble levemente a cada momento, que el mareo sea permanente, como arriba de una balsa de madera cuyos troncos crujen y van dejando de poner resistencia ante la furia del agua que arrastra los pedazos resquebrajados. Así imagino que ocurrirá un día con la península; con el padre y la madre, que pronto serán islas que floten solas, frías y distantes.

Sólo hasta que estaba en el avión mirando cómo se quedaba atrás ese pedazo de playa que nunca se junta con el estero, desapareció el presentimiento de que algo anunciado por el silencio y la quietud estaba a punto de levantar enormes las olas y volcarlas sobre nosotros para hacernos parte de una de esas ruinas perdidas bajo el mar.