jueves, noviembre 07, 2013

Un salto fuera del círculo



Cómo va cambiando la vida, cómo cambia el sueño transfigurado en realidad: cómo se vive dando vueltas a bordo de un tornamesa que parece saltar de una pista a otra sin que un sonido específico alcance a delinearse, sin que la aguja se salve del scrashhhhhh. Se puede tener una idea de los momentos en que todo salta, todo brilla o todo se rompe, pero nunca se sabe a ciencia cierta qué es lo que está sucediendo en el espacio al tener que convivir con los otros asteroides dentro del mismo espacio.
Un humano es un humano mientras el giro en torno a sus miedos se reduce a pequeñas escaladas de desasosiego volátil: la búsqueda constante de ventanas a otras ventanas, de aberturas interdimensionales, de la salida al otro lado que a su vez contiene salidas y entradas y laberintos y acertijos. Un humano en busca de la escritura, entiende que de alguna forma la literatura es como la muerte, esa muerte que se transforma en vida al convertirse en todo lo que existe en este mundo y los otros mundos, esa muerte que hace de la materia etérea que nos constituye, un viajero eterno, interdimensional.

Sé muy bien que los destinos son humanos y que he de cumplir con la parte humana que me corresponde: es inevitable y trabajo arduamente para que todo quede bien hecho y culminado, para que quien lea mis diversas extrapolaciones entienda por qué Iliana, por qué; por qué la búsqueda constante de ventanas a otras ventanas, de aberturas interdimensionales, de la salida al otro lado que a su vez contiene salidas y entradas y laberintos y acertijos. Sé que mi naturaleza extraterrestre es incomprensible y que quizá sólo yo sé a qué me refiero cuando afirmo con tanta certeza que así soy: eso soy: un ser alienado llegado de algún asteroide errante, en busca de la palabra que transforme en mundo todo lo que vive contenido en mí, y parte de ese mundo se alimenta también con los brotes, los escondrijos, los hallazgos, los juegos de luces, sombras y movimientos que existen de este otro lado del mundo: el mundo inmediato, el mundo que avanza junto conmigo a cada paso.

martes, agosto 20, 2013

Veneno


La palabra que dice y llora. La palabra que se desenreda en el camino del colector de entrañas. La palabra que muerde hasta desintegrar las luces del faro en la otra orilla. La palabra durmiente que se abalanza con cuchillo y sierra eléctrica desde las raíces de todos los dientes. La palabra que arde en la inconsciencia del inocente verdugo a punto de estrenar el llanto ensangrentado de arrepentimiento. La palabra que antes de ser dicha se destornilla de lo más invertebrado del organismo para dejar constancia de que era casi imposible arrancarla de la cavidad estremecida en canto y llaga. La palabra desgajada, desmembrada en los cortes que ella misma va silabando en cada ideograma fónico al construirse en el aparato torácico-laríngeo. La palabra que se quisiera de oniria y membrana atómico polar y es de muerte, porque de sus pistilos brota la efervescencia de la costra herida dos, tres, cinco veces, y el humus de la ponzoña que gesta el dolor guardado en los peces voladores que incansables zarpan de la más profunda caverna.



miércoles, junio 26, 2013

Despojos



Ya regresaron los emplumados solares. Pasan, o mejor dicho, rompen la cáscara más delgada de la neblina que está a punto de evaporarse. No. En realidad cruzan danzando con las cuerdas que extiende el sol de polo a polo, y, en cada paso de baile, perfectamente marcado por las aletas de fuego que nacen de sus alas al tacto con los neutrinos ultramar, brota de sus ojos ese canto eléctrico con que anuncian aquello que, en microsegundos, les está siendo revelado: los despojos de la noche que habitan entre las paredes del aire.


viernes, mayo 17, 2013

Imago terrificus



Curiosamente el ojo humano ha podido captar, a través de los diversos modelos de cámaras fotográficas diseñadas cada vez con mayor alcance y resolución a lo largo de su historia, los diversos fenómenos naturales que intentan sacudirse al hombre de la Tierra. Por supuesto, es ancestral la necesidad de testimoniar gráficamente el suceso caótico, el encuentro terrible de la temperamental natura con la frágil “seguridad” ingenua del hombre, el incontrolable trauma ante el asombro de haber atestiguado un instante de vital y revelador choque entre el inmenso animal quimérico que habitamos y la inocente noción de perpetuidad que la civilización humana ha pretendido ejercer desde que integrara hileras de piedra y lodo sobre hileras de piedra y lodo. En teoría, el registro del suceso, además de testimonio, debería funcionar como un constante recordatorio de que la humanidad funge como parásito –más que habitante- de un ser ensamblado por distintas naturalezas, y cada naturaleza, a su vez, obedece a ciclos, flujos, palpitaciones y estremecimientos incontrolables e impredecibles que, obedeciendo a su también natural desenfreno, significan una “amenaza” para la evolución humana. 

Sin embargo, la finalidad de esta nota no es abundar sobre el desequilibrio y la verdadera amenaza que el hombre significa para la Tierra: eso, si no se entiende con los desajustes climáticos que se manifiestan cada día, pues será incomprensible para quien insista en que el hombre debería esforzarse por desarrollar la industria necesaria para controlar al planeta. No. La finalidad de esta nota es sencilla, y nació, como casi todas las que aquí habitan, a causa de una duda que llegó a mi mente después de un temblor ocurrido casi un mes después de instalarnos en nuestra cabaña de Jardín del Valle, a las orillas del Pichincha.


Hay espectaculares fotografías, grabados, dibujos, mosaicos y frescos que registran diversas manifestaciones de aquello que se conoce como catástrofes naturales. Existen imágenes de erupciones volcánicas, o mejor dicho, del acto del nacimiento del fuego terrestre; hay también del ojo-agujero blanco que transporta a una dimensión de aire todo lo matéricamente incorrecto que encuentra a su paso (este fenómeno se conoce como tornado); he visto claras imágenes de los enormes bostezos marinos, que mientras más fatiga contenida tenga, abre más sus fauces líquidas y muestra sus entrañas de crustáceo y arena (digámosle su nombre de ciencia ancestral: tsunami); por supuesto, son clásicas y añejas las imágenes del cielo amoratado agrietándose de agua y colmillos de luz, pero, ¿acaso existe un reflejo estático del momento en que la tierra se sacude súcubos e íncubos, en que se restriega los párpados tratando de sacarse a los hombres incrustados, como lágrimas secas, entre sus pestañas terrestres?


lunes, mayo 06, 2013

Sueño el sueño de la planta



Me tiro al sol junto a ella y escucho su canto, el bisbiseo de sus hojas que tratan de anegarse de cielo y aire. El pensamiento divaga y es entonces cuando dibujo. Los dibujos irracionales, indeterminados, inseminados en la tinta de la pluma se despegan de cada gota y se zurcen, se adhieren al papel para confirmar su nacimiento.




El dibujo me obliga a escucharlo, a discernir las voces de cada uno de los entes que en él van surgiendo, y al escucharlos, al intercambiar preguntas, juegos, respuestas, acertijos, recuerdos y sueños, encuentro de nuevo la vía de la escritura que incansable acecha. Su acecho es tan constante que construye cables en espiral en mi cabeza, en la voz que no duerme, en la mano que necesita desplazarse construyendo algo, lo que sea, sobre el papel o las teclas. Entonces dibujo, y al ir dibujando, esas líneas entreveradas en la espiral metálica se desenredan, se despiertan, toman forma y ocupan su lugar en el mundo predestinado para que el espacio de la letra retome los colores de las estrellas a las que pertenecen.





sábado, abril 13, 2013

Del miedo a la devastación


En mi cuaderno de apuntes cotidianos encontré lo siguiente, que escribí el 16 de febrero de este año, un día después de la visita del meteorito a la Tierra. Rescato el texto porque me parece curioso que la humanidad parezca temerosa de la devastación cuando ya se ha aprendido a vivir con ella de manera cotidiana.


Ayer cayó un meteorito en Rusia, en el área de los Montes Urales. Circuló la noticia de que habían muerto entre 700 y 1000 personas a causa de los destrozos provocados por la energía que el meteorito llevaba consigo al atravesar las diversas capas de la atmósfera terrestre. Dicen que no tiene que ver con el asteroide que pasará muy cerca del planeta. Pero también es probable que se haya desprendido del asteroide, lo cual creo más cercano a lo real y natural si tomamos en cuenta que un asteroide es a su vez residuo de una materia multiorgánica que atraviesa el Universo durante el proceso de su desintegración: viaja a una velocidad constante sin una ruta o trayecto determinado, simplemente avanza a la deriva impulsado por la inercia de su propio peso, cuya masa va cambiando a causa del efecto de erosión que en él provoca el ambiente y el viaje universal.
Entonces, si esa erosión natural y necesaria ocasiona la pérdida –paulatina e invisible o instantánea y dramática/salvaje- de materia, es de lo más comprensible que se haya desprendido el fragmento meteorito y que los elementos inherentes a su viaje –velocidad, fuerza, dirección, energía calórica e inercia– hayan ocasionado derrumbes, explosiones y muerte humana. Evidentemente la consternación que ello provoca se debe a la falta de consciencia en cuanto al espacio que la Tierra ocupa en el Universo, y sobre todo, al constante movimiento que en él se ejecuta para mantener el balance o equilibrio de Todo lo que en él habita. A los humanos parece darles crisis de antropocentrismo: parece olvidárseles que sólo son parte de una especie más dentro del reino animal que habita este planeta, y que este planeta es uno más dentro de los nueve que suponemos habita el sistema que llamamos Solar, que es sólo uno de los innumerables que habitan una de las galaxias que conforman, hasta donde sabemos, la infinitud del Universo, un Universo vivo en el que destruir y construir es el principio de su naturaleza evolutiva.
Regresando al antropocentrismo, los humanos sólo perderán el miedo a la destrucción masiva de sus “civilizaciones” (en las que parece que sólo está permitida la destrucción entre humanos) cuando sean lo suficientemente responsables de lo que les toca hacer cada día y no teman morir sin haber hecho tal o cual cosa; sólo dejarán de sentirse amenazados por una destrucción “apocalíptica” –sea cual sea su naturaleza– cuando aprendan a mirar más allá, mucho más allá de sí mismos como individuos y como raza imperialista del planeta y comprendan que la Tierra No Es Suya, sino que ellos son parte de ella, como a su vez ella es parte de la naturaleza –al parecer– incomprensible, inabarcable y por supuesto incontrolable del Universo.

lunes, marzo 25, 2013

Instantánea y asombro

Desde constelación pichincha 044Uno nunca sabe qué va a encontrar allá afuera cada vez que despierta.
Por eso me gusta recorrer la casa cada mañana: ir abriendo las cortinas y verificar que los micromundos siguen ahí, tal y como uno los dejó.
Creo que mi imagen favorita de mí misma es al despertar: los rasgos dislocados todavía, los rastros del sueño que podrían ser los mismos que los rastros de ventarrones, tormentas de arena, lodo cósmico, luces pegajosas de gusanos dimensionales. 


Desde constelación pichincha 043
Despertar y encontrarnos con esa sorpresa que ya bautizó Coleridge, pero que podemos nombrar de acuerdo a nuestro asombro instantáneo si atinamos a “saber mirarla” (la sorpresa).Moverse con esa lentitud, con esa imprecisión de sonámbulo diurno y tropezarse con las orillas que siempre están ahí, pero, por alguna extraña razón, olvidamos que quizá también se abandonan a la deriva de Oniria, y regresan, igual que nosotros, algo desorientadas: las orillas umbral, metereológica y metódicamente ubicadas por toda la casa.
Por otro lado, es curioso despertar y, al ir recuperando el lugar/los lugares que uno dejó la víspera anterior, notar que hay huecos, hay huellas a las que pertenecemos, en donde embonamos perfectamente. Pero no todo nuestro cuerpo, no: las manos sobre la pluma y el cuaderno; las pompas distribuidas sobre el banco rojo; una parte del pie izquierdo sobre el tapete y la otra sobre la madera del piso; una parte del pie derecho sobre uno de los soportes del banco y la otra parte al aire…



Y los ojos, los ojos son la parte del cuerpo más difícil de hacer embonar en el
espacio: los ojos son la huella, el hueco al que pertenece cada parte del cuerpo
etéreo del mundo.

Desde constelación pichincha 045

Color de encrucijada


Quitología para principiantes 030

Que ha llovido durante la madrugada -"toda la noche"-, ha dicho Marco. Pero aquí es difícil indagar, por el puro sonido, si lo que cae es agua, canto de mirlo, canto de pajarillos copetudos, o gorjeo de palomas y palomos a punto de engendrar.
Por cierto, cuando se disparan al unísono, los ladridos de las ocho camadas vecinas suenan a cántaros de agua golpeando techos, ventanas y suelos.
Por otra parte, es confuso delimitar Ocaso, Noche, Madrugada y Alba en este punto de la Tierra. Según explicaciones de la científica vox pópuli, se debe a que nos encontramos en el Paralelo CERO, en el mero ecuador del mundo. Entonces -no entiendo todavía por qué, exactamente- el sol da la vuelta al día de una forma en la que es imposible refractar la luz en la atmósfera, de tal manera que en estos cielos toda seña de color se reduce a Azul, Blanco-Neblina, Nublado-Gris-Soleado, Nublado-Gris-Tormenta, Neblina Pura, Azul-Negro y Negro.
Quitología para principiantes 022A eso se debe que uno no encuentre la luz del fin de la noche que da inicio a la madrugada, y menos aún el alba o el ocaso, por lo que, de haber llovido tanto durante la oscuridad del cielo, cabría sólo decir: llovió todo el tiempo que estuvimos dormidos antes de que llegara el humor blanco del día.