viernes, mayo 17, 2013

Imago terrificus



Curiosamente el ojo humano ha podido captar, a través de los diversos modelos de cámaras fotográficas diseñadas cada vez con mayor alcance y resolución a lo largo de su historia, los diversos fenómenos naturales que intentan sacudirse al hombre de la Tierra. Por supuesto, es ancestral la necesidad de testimoniar gráficamente el suceso caótico, el encuentro terrible de la temperamental natura con la frágil “seguridad” ingenua del hombre, el incontrolable trauma ante el asombro de haber atestiguado un instante de vital y revelador choque entre el inmenso animal quimérico que habitamos y la inocente noción de perpetuidad que la civilización humana ha pretendido ejercer desde que integrara hileras de piedra y lodo sobre hileras de piedra y lodo. En teoría, el registro del suceso, además de testimonio, debería funcionar como un constante recordatorio de que la humanidad funge como parásito –más que habitante- de un ser ensamblado por distintas naturalezas, y cada naturaleza, a su vez, obedece a ciclos, flujos, palpitaciones y estremecimientos incontrolables e impredecibles que, obedeciendo a su también natural desenfreno, significan una “amenaza” para la evolución humana. 

Sin embargo, la finalidad de esta nota no es abundar sobre el desequilibrio y la verdadera amenaza que el hombre significa para la Tierra: eso, si no se entiende con los desajustes climáticos que se manifiestan cada día, pues será incomprensible para quien insista en que el hombre debería esforzarse por desarrollar la industria necesaria para controlar al planeta. No. La finalidad de esta nota es sencilla, y nació, como casi todas las que aquí habitan, a causa de una duda que llegó a mi mente después de un temblor ocurrido casi un mes después de instalarnos en nuestra cabaña de Jardín del Valle, a las orillas del Pichincha.


Hay espectaculares fotografías, grabados, dibujos, mosaicos y frescos que registran diversas manifestaciones de aquello que se conoce como catástrofes naturales. Existen imágenes de erupciones volcánicas, o mejor dicho, del acto del nacimiento del fuego terrestre; hay también del ojo-agujero blanco que transporta a una dimensión de aire todo lo matéricamente incorrecto que encuentra a su paso (este fenómeno se conoce como tornado); he visto claras imágenes de los enormes bostezos marinos, que mientras más fatiga contenida tenga, abre más sus fauces líquidas y muestra sus entrañas de crustáceo y arena (digámosle su nombre de ciencia ancestral: tsunami); por supuesto, son clásicas y añejas las imágenes del cielo amoratado agrietándose de agua y colmillos de luz, pero, ¿acaso existe un reflejo estático del momento en que la tierra se sacude súcubos e íncubos, en que se restriega los párpados tratando de sacarse a los hombres incrustados, como lágrimas secas, entre sus pestañas terrestres?