jueves, abril 20, 2006

28

La libertad, la desazón de los poetas. La libertad, la bolsa de plástico que asfixia a la imaginación. La libertad, el tiempo que los presos deshebran al no tener pared contra la cual chocar sus cabezas y sus puños ansiosos. La libertad, el vacío de los cielos rasos, de las calles sonoras y apestosas, de los parques coloridos, plácidos, sin griterío de niños entusiasmados por llegar a lo más alto de la resbaladilla más alta, presurosos por caer.
No. La libertad no es esto, no es tiempo echado a perder atravesando caños y desagües, no es incertidumbre ni esperanza perdida, no es no saber qué hacer con las manos y los ojos y los pies. No es llenarse de angustia el estómago y la garganta sólo porque la ciudad es enorme y uno no sabe a dónde correr, y uno se queda ahí parado en el borde de la banqueta de la calle donde está el hospital en el que uno nació. Y uno mira hacia arriba buscando la ventana por la que hace tantos años la madre lo sostuvo a uno en sus brazos y le enseñó lo que había allá afuera, “este es el mundo”, decía ella… O tal vez “ese es el cielo, y esos son los árboles”… Seguro, debió ser eso lo que ella dijo, porque puedo mirar el cielo y los árboles, pero aún ahora, después de tanto tiempo, no sé cuánto me falte para alcanzar a mirar una centésima parte de lo que conforma al mundo. Y hablo de mirarlo, así de cerca, como cuando nos sumergimos con los ojos abiertos entre las olas de distintos mares, o cuando nos llenamos los zapatos y la ropa de distintas tierras, arenas y polvos, o cuando los distintos aires fríos y calientes nos despeinan de distintas formas los cabellos, nos entumen o acarician de distintas formas la piel, los músculos, los huesos. Así de cerca, yo no conozco ni la centésima parte de lo que conforma el mundo. Con todo y que ya llevo 28 años de estar viva, y que en todo momento soy libre de hacer lo que me dé la gana. ¡Ah! ¿Pero qué gana? ¿Qué libertad?
La libertad de elegir la trampa. La libertad de elegir el modo en que todo sea menos difícil. La libertad de limitar la imaginación de tal forma que lo que de ella nazca no sea ininteligible para los demás, porque en todo caso “¿para qué lo dices, si sólo tú lo entiendes?”. La libertad de guardarme el secreto, de decidir qué cuento y qué no. La libertad de conocer a gente tan distinta entre sí, que nada más de imaginarlos a todos juntos da risa… o miedo. La dicha de no tener que recurrir a un diccionario para saber lo que es la libertad.