viernes, noviembre 17, 2006

¿Qué plantea La Muestra esta vez?

Después de los últimos altibajos en la calidad de selección de la Muestra Internacional de Cine en años recientes, esta vez parece que los organizadores quieren reivindicarse, o al menos eligieron bien para empezar.

El Topo, Alejandro Jodorowsky, 1969-70.

Es sorprendente darse cuenta que años después Jodorowsky sigue siendo un director que resulta desconocido para muchos, o cuyas imágenes, vistas por primera vez, generan incomodidad e indignación. Somos pocos los que aun después de haber visto las cintas en otras ocasiones, apreciamos en pantalla grande el trabajo fotográfico y sobre todo ciertos detalles que se pierden en video. En este caso debe tomarse en cuenta que la mayoría de las locaciones son naturales (desiertos, cascadas, pueblos semi-abandonados) y contrastan con los personajes y las escenas tan elaboradas (aveces apabullantes por su crudeza y su contenido filosófico; a veces sarcásticas y humorísticas), por lo que sin una buena foto hubiera sido muy difícil lograr la ambientación un tanto onírica y si se quiere surrealista (aunque reducir la propuesta a la definición de una etiqueta sirva tan sólo para relacionar ideas).
La historia de El Topo es una mezcla de ritos de iniciación, sacrificios y pruebas que el héroe debe ganar para encontrarse a sí mismo y después para descubrir el destino al que debe entregarse. De esta manera el personaje atraviesa procesos de maduración espiritual en los que interviene el aprendizaje, la traición y la destrucción hasta alcanzar un nivel de autoconocimiento tan grande que culmina en el autosacrificio. Así, El Topo comienza siendo una especie de vaquero vengador cuyas intenciones, más que hacer justicia, radican en la vanagloria y la grandeza; en popularizar una imagen imponente y temible. Sin embargo, conforme atraviesa ciertos obstáculos va descubriendo su verdadera naturaleza y se va gestando una insatisfacción y odio contra sí mismo, hasta que interviene otro personaje ­–su reflejo en sexo contrario– que resuelve esta necesidad de destruir la imagen en que se había convertido y lo expone a la nulidad y la intemperie para que pueda empezar un proceso de renacimiento. Aquí es donde inicia la metáfora del topo: adquiere las cualidades de este animal para ayudar a una comunidad de seres mutilados que viven en el subsuelo y se dedica a cavar un túnel en busca de la salida que les comunique con el exterior. El problema es que la vida que tanto desean es sólo una idea, una ilusión… un mundo totalmente ajeno en el que es imposible subsistir. Y él lo descubre antes y después de que ellos salgan a la luz.

Si han leído El despoblador de Beckett, es probable que encuentren algunas referencias en la película; lo mismo que varios elementos desarrollados por Jodorowsky en libros como Donde mejor canta un pájaro y Albina y los hombres-perro, el primero una novela y el segundo de cuentos, ambos escritos después de El Topo.

lunes, septiembre 18, 2006

Todos Invitados

MIÉRCOLES 27 DE SEPTIEMBRE, 19:00 HRS.
FORO RODOLFO USIGLI

Presentación del libro:


Antes de que las letras
se conviertan en Arañas



(25 cuentos de igual número de alumnos, a más de 7 años del taller de Alberto Chimal. Antología compilada por Edgar Omar Avilés y editada por el Instituto Mexiquense de Cultura).

Presentan:
Graciela Sotelo
Ricardo Bernal
Alberto Chimal
Edgar Omar Avilés

Los autores incluidos son Arturo Morán, Raquel Castro, Luis Felipe Hernández, Mariana de Montserrat, Guillermo Ríos, Elda Peralta, Hugo Arce, Ruth Ferriz, Alberto Buzali, María Teresa Ponce, Jorge Tulteca, Erika Mergruen, José Antonio Sánchez, Sandra Huerta, Julio Salinas Lombard, Iliana Vargas, Edgar Omar Avilés, Sandra Becerril, Alejandro Sánchez Miguel, Valeria Marruenda, Víctor Hugo Ayala, Angélica García Santa Olaya, Bernardo Fernández BEF, Queta Navagómez y Rod J. M.


Se presentará el miércoles 27 de septiembre, a las 19:00 hrs., en el foro Rodolfo Usigli de la SOGEM (Calle Eleuterio Méndez, Esq. Héroes del 47 N. 122. Entre División del Norte y Tlapan).

*Habrá cerveza de honor

Reseña:
http://www.milenio.com/edomex/milenio/nota.asp?id=9479

miércoles, septiembre 13, 2006

Antes que...


Hace un par de años, Édgar Omar Avilés me mandó un correo para avisarme que había lanzado una convocatoria a todos los participantes del taller de cuento impartido por Alberto Chimal, que en ese año (2004) cumplía cinco de existencia. La idea era celebrar ese aniversario mediante una antología de textos que hubieran sido trabajados ahí o que se acercaran a una de las temáticas principales a las que nos dedicamos en el taller: el cuento fantástico.
Después de algunos meses, volví a recibir un correo en el que Edgar me avisaba que ya tenía gran parte del material, pero que necesitaba otro punto de vista sobre los textos seleccionados. Decidí ayudarle y leí el material, le di mis comentarios e hice algunas correcciones básicas en cuanto a ortografía y sintaxis; lo demás corrió por su cuenta para llegar a la versión final del libro, que después de varias propuestas, obtuvo el título Antes de que las letras se conviertan en arañas (el original incluía además: y aniden en los ojos del lector).
Alberto fue el invitado de honor para hacer el prólogo, y los autores incluidos somos: Arturo Morán, Raquel Castro, Luis Felipe Hernández, Mariana de Montserrat, Guillermo Ríos, Elda Peralta, Hugo Arce, Ruth Ferriz, Alberto Buzali, María Teresa Ponce, Jorge Tulteca, Erika Mergruen, José Antonio Sánchez, Sandra Huerta, Julio Salinas Lombard, Iliana Vargas, Edgar Omar Avilés, Sandra Becerril, Alejandro Sánchez Miguel, Valeria Marruenda, Víctor Hugo Ayala, Angélica García Santa Olaya, Bernardo Fernández BEF, Queta Navagómez y Rod J. M.
Cuando el libro quedó listo, Edgar lo llevó a varias editoriales, pero siempre recibía negativas o una larga lista de espera para su publicación, hasta que nos enteramos de un concurso organizado por el Instituto Mexiquense de Cultura, que recibe propuestas de antologías de todo el país sobre temas diversos, y al final elige los títulos que serán editados bajo su auspicio.
Por supuesto le entramos al concurso, y a principios de este año nos enteramos de que fuimos seleccionados. El libro acaba de salir de imprenta, y pronto será presentado y distribuido. Ya se enterarán cuándo y dónde.

lunes, julio 17, 2006

Alejandra y yo


El texto que están a punto de leer fue escrito con la intención de retomar los elementos característicos de la poesía de Alejandra Pizarnik. Es una especie de homenaje y a la vez la nota de despedida que me hubiera gustado leer la mañana que fue encontrada muerta en su habitación. Lo escribí hace tiempo e incluso fue publicado hace un par de años en la página de Fatal Espejo, pero en días recientes lo reencontré y aquí lo presento revisado y corregido.
Además, creo que es una buena forma de desempolvar este sitio, que ya me pedía a gritos que le diera la atención y los cuidados necesarios. Por cierto, gracias a quienes han llegado por accidente y han echado un vistazo a los escritos anteriores, espero que éste también les guste y anden por aquí más seguido.

La que soñó, la que fue soñada

La vida perdida para la literatura por culpa de la literatura. Por hacer de mí un personaje literario en la vida real fracaso en mi intento de hacer literatura con mi vida real, pues ésta no existe: es literatura.
A.P.

Silencio. No quiero que me escuchen cantar cuando muero. Silencio tumultuoso, lleno de tragedias, lágrimas de infancia sin asumir; inventar que el tiempo es más rápido que la resolución de encontrarme en mí, en ella, en la que fui pero no soy. No existo. Escribo y fantaseo literatura para concebir un cuerpo humano maduro y vivido, pero sobre todo ficticio.
Todo poema, toda frase, toda la palabra, incluso la pequeñez que redondea a cada letra, no es más que la forma tan eficaz que ha encontrado la imaginación en su complicidad con la fantasía para atraparnos en esa red tan viscosa que suele ser la inocencia.
Pero la verdad es que todo es mentira, todo lo que se puede decir es mentira (AP). Mentira es lo que existe cuando la palabra no es hermana de la realidad –si realidad es hacer lo que pienso, escribo y digo-. Todo, y aún más los verbos que suelen burlarse y mentir: son tan hipócritas que lloran cuando dicen reír y yo no soy capaz de temblar cuando digo tiemblo.

El silencio se vuelve tan estrepitoso entre las palabras, que cuesta trabajo hablar lo suficientemente fuerte para que se calle.

Mejor escuchar a las muñequitas tristes con coronas de papel dorado: oyen y sonríen, y también preguntan todo porque aseguran que no lo saben, preguntan si nacieron huérfanas o si fueron paridas por el pájaro en la jaula; ignoran que su madre es muda, de brazos de papel húmedo, de ojos negros de oquedad, rama seca su cuerpo.

De los caprichos que tengo en la vida sólo se realizan aquellos que se pulsan a través de la obsesión: la soledad no comparte nada con las palabras. El lenguaje finge mutismo, da vida al silencio; descubro que para ser silencio necesito hablar pero para ser lenguaje sólo tengo que actuar. La única salida es ejecutar a las palabras con sus acentos y ortografías hasta que se desangren como las niñas de la reina; que escurran líquido transformado en letra, letra que respire aire, no tinta.

Encontrar casualidades como que con la A doy inicio a Alicia y Alejandra. Alicia soy cuando el cuento del té y el conejito se vuelven transparentes. Alejandra soy cuando voy de paseo ausente de lucidez y repleto de delirio; me pierdo, me desparramo, me dejo llevar por el absurdo –si el absurdo no fuera tan melancólico, yo no existiría-.

Ya no sonrío porque la sonrisa implica ser feliz. Si no llorara tanto, entonces lo sería. ¿Llorar de felicidad? Cuando te mueras. Las lágrimas son buenas. Llenan de sal la dulzura de saberse extraviado, asustado, olvidado.

¿Por qué intentar zafarme de la locura?

No quiero soñar y morir al mismo tiempo. Que la muerte me encuentre despierta, que me pique los ojos, que me tape la boca para no gritar de alegría; que me haga sentir lo que desde siempre estoy sintiendo.
Después de la muerte el sueño. Cuando estoy en la muerte el sueño. Dormirme de muerta y que la muerte me platique sus sueños, y así, durmiendo, morirme de sueño. Mi sueño es un sueño sin alternativas y quiero morir al pie de la letra del lugar común que asegura que morir es soñar (AP).

Aprender a hablar y luego a escribir y seguir así todo el tiempo: tanto tiempo que dura la vida sin existir. Creer en las letras y los sonidos que se entrelazan para que el lenguaje no se quede ahí tirado en el olvido de alguna garganta ambigua, inocua, estéril.
Quiero nombrar palabras y sentir el peso de su significado sobre mi pecho, que el lenguaje ya no trabe mi lengua, mejor que salga a envenenar el aire con su capricho de querer ser.
El problema del poema es que no le dio tiempo de hacerse creer, no pudo pronunciar una sola palabra sin tropezar con la voz que lo leía para recordarle que por ningún lado estaba vivo.

Alicia-Alejandra. Todo surgió para ser contado en los libros, con palabras y dibujos, con tinta que vive en hojas para luego quemarlas por la boca y apagarlas en el aire. Aseguro que la mano que me escribe no es la de Dios, es la de mi sombra embellecida por un yo que se ha topado consigo mismo. ¿Por qué no me dejo ser lo que soy –si es que algo en mí es-?
Imagino que la vida real no puede ser tan caótica como para inventarme. La literatura sí. ¿O acaso es que nadie entiende la tentación que siento al afirmar a la literatura como vida real?
¡Dentro del lenguaje se encuentra mi única posibilidad de ser! Y no hablo del tuyo. No me refiero al lenguaje que sé hablar inmediatamente después de intentar degollar a cada palabra pronunciada para convertirla en discurso volador, de los que nunca se quedan a charlar. Blá, blá, blá… Y así infinitas veces sin percatarte de un solo roce transformado en materia, en silueta, en sombra.

El lenguaje que yo busco es el imposible: el de las mentiras, el inconsciente, el que se estrecha con los ojos y el pensamiento; el que se escucha pero no se toca, el invisible, donde estoy yo.

Que yo diga muero y no pueda morir es la razón por la que aún respiro. Observo, palpo, tiento todo lo que materializa a mis deseos. Un sentir nulo de abstracciones, de sueños sombreados por olvido errante. Salgo a la calle y siento la desilusión del sol al descubrir que lo que le faltan no son rayos sino ganas de alumbrar. ¿Y quién tiene ganas de tocar a otros, de hablarles, de escucharlos, de sentir su tan áspera, sucia e incomprensible presencia? Me pregunto cómo hacen los demás para soportar el hecho de vivir (AP). Hasta el mundo quiere morirse, de tan triste que está de quienes viven sobre él, esos que intentan vengarse de Dios y acabar con su creación.

Por la mañana o por la noche es lo mismo: al sol siempre le faltan rayos para iluminarme y hacerme sentir el calor de los muertos. Desde que la luna hace posible mi sombra en el aire que humea de cansancio, sólo juego a embrujarte, a tratar de asesinar pronto a las palabras, a todo lo que en mí se pronuncia tan fuerte que ensordezco: Y yo sola con mis voces, y tú, tanto estás del otro lado que te confundo conmigo (AP).
Hace un rato la jaula salió volando de nuevo y la muñequita se puso a llorar. Su corona de papel dorado se mojó con las lágrimas del pájaro muerto que también se fue volando. Lloraba por no encontrar la desesperanza, un pájaro llamado azul.

Si estuviera aquí Alicia ya los hubiera callado a todos. Pero aquí está Alejandra, y sin quererlo, sin pensarlo –por fin-, los ha soñado a todos. Soñar el sueño nada más porque sí, porque si no sueño nadie más me soñará.

Creí no tener conflictos con Dios (él siempre tan solo, yo siempre tan sola), pero ahora me enfurece saber que él ha muerto y yo no. ¿Por qué nadie me pide muerta, me clama muerta, me llora muerta, me siente muerta?

¡Si al menos todos –y todos no puedo ser sólo yo- movieran la lengua para escupirla lenguaje y así poder existir!

La reina asesina niñas porque nadie la mató a ella. Así yo. Así mato todo lo que me rodea y que nunca me hizo sangrar alguna vez por la boca. Así escribo mi muerte.
¿Por qué llora la muñequita? No hablo mi muerte porque el silencio y la idea de permanencia me la regresan a bofetadas. Alguna vez/ alguna vez tal vez/ me iré sin quedarme/ me iré como quien se va (AP).

Ahora sólo suena la música ceniza. El espejo me mira empañado de ceniza. ¡Pobre pájaro muerto, volará en cenizas! ¿Por qué llora la muñequita?

Ya pronto todo será cierto, todo lo que quieres será cierto.
Cuando al sol le salgan todos sus rayos y por fin me iluminen de muerto.
Cuando yo nazca y el mar me devuelva en ceniza mi alma.
Cuando el poema se entere del silencio de las cosas y de cualquier forma las cosas de ceniza existan. Porque yo no. Yo Alejandra-Alicia sé gritar hasta el alba cuando la muerte se posa desnuda en mi sombra (AP); sé que me sueño sola de ceniza, de canto nocturno, de muñequita llorona, de silencio me envuelvo. En un momento, sólo la tierra sobre mis párpados secos.

miércoles, julio 05, 2006

Yo no me embarro, ¿y tú?

¡NO TE EMBARRES
DE MATERIA
FE-CAL!

miércoles, mayo 03, 2006

Damien Hirst

En la no tan nueva, sino –me han dicho- renovada galería Hilario Galguera se encuentra una exposición que a unos les parecerá de lo más provocador, a otros tal vez un poco desagradable e incluso asquerosa; habrá a quienes no les diga nada y se pregunten por qué eso se considera arte. Pero la verdad, si se mira bien, con calma, y si se toma en cuenta la hoja de información cuyos títulos dan coherencia espacial y conceptual a la obra en su conjunto, uno descubrirá que más allá de las impresiones anteriores, “Hacia un mejor entendimiento de la vida sin Dios a bordo de la Nave de los Locos” es una reinterpretación histórica y filosófica de los principales símbolos que componen y sostienen la religión católica. De hecho, más que una crítica o una fantochez irreverente, cada pieza propone una reflexión sobre la manera en que ha ido decayendo la institución católica, cómo ha disfrazado la aceptación de la miseria y sufrimiento con conceptos tan abstractos como fe, paz, esperanza; cómo es que más allá de la manipulación aceptada por los creyentes, el miedo infligido hacia Dios el todopoderoso, hay un solo destino despojado de toda representación espiritual: la muerte a través de la cual se descomponen todos nuestros órganos, la carne y la sangre.
No hay Dios, pero hay vida, hay dolor, hay gozo, hay individualidad y hay infinitud que resguarda otras vidas… Esto es lo que trasluce Hirst en una de las instalaciones donde diría yo que aterriza toda la carga ideológica, que obviamente remite a los estandartes del siglo XIX: es una pequeña habitación cuyas paredes están pintadas de un color muy oscuro, no precisamente negro, tal vez magenta sin diluir, y sobre este color está salpicado de rojo y creo que dorado… la cuestión es que las paredes y el piso están salpicados de estos tonos, lo cual provoca una sensación de brutalidad, de sangre embarrada y escurrida después de haberle cortado el cuello a alguien. En cada pared (son tres) hay un lienzo con un cráneo incrustado en el centro; los títulos de cada cuadro hablan del ciclo vital (infancia, madurez y muerte-trascendencia) aplicado a Dios. En el centro de la habitación hay un cilindro como de metro y medio de largo y tal vez 50 cm. de ancho, lleno de una fórmula especial (no precisa o únicamente formol) que resguarda a un corazón de toro aguijoneado por navajas, bisturís, escalpelos, agujas quirúrgicas, y rodeado por un cable con púas: el sagrado corazón de Jesús.
Imaginen cómo está representado el espíritu santo, el Padre Nuestro, el Ave María, el cuerpo de Cristo, la sangre de Cristo… la Ira de Dios…
¿Transgresión gratuita, irreverencia? No estoy tan segura. Es la primera vez que Damien Hirst expone en México, de hecho vino a ver la galería y preparó la obra para adecuarla al espacio. También es la primera vez que me acerco a su trabajo, pero al parecer hay mucho que ver y buscar sobre él, pues ya tiene una trayectoria larga, haciéndose de seguidores y detractores que ponen en tela de juicio lo valioso y lo válido de su obra.


La exposición estará hasta agosto. Galería Hilario Galguera: Francisco Pimentel No. 3, col. San Rafael. Martes-Sábado: 10-17 hrs.; Domingo: 10-14 hrs.

martes, mayo 02, 2006

Otro aplazamiento

Resulta que los planes de la tan anunciada inauguración del Centro Cultural en Coyoacán han cambiado por completo. Entre otras cosas, la celebración no será durante un solo día, sino que abarcará varios eventos durante mayo y junio; por lo que la exposición de Mote se recorrió hasta el 22 de junio (por el momento) y en su lugar abrirá el espacio un pintor de reconocida trayectoria, éste sí, al parecer el 12 demayo. Aunque esto habla de la poca seriedad para mantener el curso de la propuesta inicial (la idea de que ese día se mostrara el trabajo de Mote serviría para promover, como función principal de las instalaciones, la difusión de la obra de jóvenes artistas, sin importar su poca o nula experiencia en cualquiera que fuera su campo), la invitación sigue en pie, no sólo para asistir a la exposición, sino para llevar proyectos desde ahora y ejercer presión; tal vez así logremos que los organizadores del lugar no se desvíen de su objetivo original.

viernes, abril 28, 2006

A ejercitarse

Los siguientes juegos/ejercicios responden a la invitación propuesta en el Taller Literario de Las Historias (lashistorias.com.mx/blog). No pude resistir la tentación y empecé a ejercitarme/jugar, pero me temo que en este caso particular ha desembocado en una situación obsesiva-adictiva. Prueben, prueben… visiten el blog de Alberto para leer las instrucciones.

Resobra la idea de resinar mi eucalipto. La resolución es hacer la resorcina con la influencia del resol, por lo que tu resobrino deberá dejar de resollar y resonar con las manos sus cachetes. Si se atreve a reseccionar, sólo obtendrá un resoplido resinífero, que le dejará el aliento resequido.
*
Egarense y amigo de un egetano, vino a visitarme con una égida como regalo. Debido al egílope que me cerraba el ojo derecho, el izquierdo sólo me dejaba ver la mitad más asombrosa de este egipán que pretendía ser mi amante. Egregiamente soltó una égloga del recorrido desde su casa hasta aquí, lo cual me pareció sólo un ejercicio de elación y egotismo, por lo que no pude más que elidir su intención efectista y recordarle que ante una elfina como yo, su eficacia eglogista resultaba efímera y pronta a tornarse en ecolalia efervescente.
*
Plasmodio en la plaqueta, fue el diagnóstico planteado por el doctor. Una plasta plasmática parecida a un plastrón había formado un plástico que ocasionaba la pitiriasis en la superficie planocóncava de mi corazón. Ahora debía aceptar la nueva condición de plantígrado descendiente de algún planetícola aficionado al pistraje pituítico del pitón.

jueves, abril 20, 2006

28

La libertad, la desazón de los poetas. La libertad, la bolsa de plástico que asfixia a la imaginación. La libertad, el tiempo que los presos deshebran al no tener pared contra la cual chocar sus cabezas y sus puños ansiosos. La libertad, el vacío de los cielos rasos, de las calles sonoras y apestosas, de los parques coloridos, plácidos, sin griterío de niños entusiasmados por llegar a lo más alto de la resbaladilla más alta, presurosos por caer.
No. La libertad no es esto, no es tiempo echado a perder atravesando caños y desagües, no es incertidumbre ni esperanza perdida, no es no saber qué hacer con las manos y los ojos y los pies. No es llenarse de angustia el estómago y la garganta sólo porque la ciudad es enorme y uno no sabe a dónde correr, y uno se queda ahí parado en el borde de la banqueta de la calle donde está el hospital en el que uno nació. Y uno mira hacia arriba buscando la ventana por la que hace tantos años la madre lo sostuvo a uno en sus brazos y le enseñó lo que había allá afuera, “este es el mundo”, decía ella… O tal vez “ese es el cielo, y esos son los árboles”… Seguro, debió ser eso lo que ella dijo, porque puedo mirar el cielo y los árboles, pero aún ahora, después de tanto tiempo, no sé cuánto me falte para alcanzar a mirar una centésima parte de lo que conforma al mundo. Y hablo de mirarlo, así de cerca, como cuando nos sumergimos con los ojos abiertos entre las olas de distintos mares, o cuando nos llenamos los zapatos y la ropa de distintas tierras, arenas y polvos, o cuando los distintos aires fríos y calientes nos despeinan de distintas formas los cabellos, nos entumen o acarician de distintas formas la piel, los músculos, los huesos. Así de cerca, yo no conozco ni la centésima parte de lo que conforma el mundo. Con todo y que ya llevo 28 años de estar viva, y que en todo momento soy libre de hacer lo que me dé la gana. ¡Ah! ¿Pero qué gana? ¿Qué libertad?
La libertad de elegir la trampa. La libertad de elegir el modo en que todo sea menos difícil. La libertad de limitar la imaginación de tal forma que lo que de ella nazca no sea ininteligible para los demás, porque en todo caso “¿para qué lo dices, si sólo tú lo entiendes?”. La libertad de guardarme el secreto, de decidir qué cuento y qué no. La libertad de conocer a gente tan distinta entre sí, que nada más de imaginarlos a todos juntos da risa… o miedo. La dicha de no tener que recurrir a un diccionario para saber lo que es la libertad.

miércoles, abril 12, 2006

Que todavía no...

Ayer avisaron que las remodelaciones del nuevo Centro Cultural de Coyoacán tardarán en terminar más de lo previsto, por lo que la inauguración a la que les invité se pospondrá un par de semanas, tentativamente hasta el 12 de mayo. Pero no me adelantaré a hacer una nueva cita; sólo estén pendientes.

martes, abril 11, 2006

Muy pronto: nuevo Centro Cultural en Coyoacán


Últimamente el centro histórico de Coyoacán se ha vuelto uno de los espacios turísticos más concurridos por todo tipo de personas de nuestro país y de algunos otros; al parecer la mayoría de la gente que viene de vacaciones a nuestra ciudad (¿vacaciones en nuestra ciudad?) inevitablemente acude a ese espacio en busca de algo que nosotros, tal vez por estar habituados a ello, no podemos entender. Pero si se piensa bien, si se ha caminado por las calles no sólo del centro si no de sus alrededores en tardes o noches en que no está concurrido, podríamos coincidir en que por ahí hay cierto ambiente que traslada al paseante a un tiempo como desmembrado, a un espacio real pero fuera del de los demás.
Pero no se trata aquí de hacer una crónica de los recorridos por el barrio coyoacanense, en realidad quisiera compartir una buena noticia. El próximo 22 de abril se inaugurará un nuevo centro cultural en la plaza principal de Coyoacán. La idea es que funcione para promover el trabajo de jóvenes artistas plásticos, escritores, músicos, incluso hay un espacio para performance e instalaciones; al parecer la directora está interesada en aceptar todo tipo de propuestas, siempre y cuando se adecuen físicamente al lugar. Sin embargo, aunque suena muy bien, existe una contraparte que en cierta forma contradice el discurso original: hay que pagar por ocupar el espacio. Ya sabrán ustedes qué tipo de perro mordiéndose la cola implica esto, pues si se supone que se ofrece a artistas jóvenes, ¿de dónde sacarán el dinero para pagar por exponer, o leer, o tocar, o bailar?... No conozco las cifras ni las condiciones, tal vez pueda llegarse a arreglos distintos según la propuesta que uno le lleve a la directora, pero sé que, por ejemplo, en las casas de cultura se paga $500. 00 al día por el espacio ¡!.
Lo que hay que reconocer en este caso es que en vez de ocupar la casa (que tardaron años en remodelar) para darle cabida a oficinistas panzones, decidieron “darle prioridad a la cultura”. Yo sé que hacerlo ahí y no en otras delegaciones en las que hace falta más que un centro cultural para "darle prioridad a la cultura" suena igual de elitista y excluyente que la inauguración del Centro de Lectura Condesa (mismo que debería promover porque dependerá del lugar en el que trabajo, pero se me hace algo tan snob y ridículo abrir una casa vieja y llenarla de libros y sillones para que el que quiera vaya a aplastarse a leer, que no lo haré. Lo que sí vale la pena es que habrá programas de guías de lectura, seminarios y pláticas con diversos escritores, muy buenos la mayoría, pero insisto: ¿por qué en la condesa y no en la escuadrón 201?); pero habrá que aprovecharlo de alguna forma, y sé de alguien que será el primero en estrenarlo…

Pues sí: están todos invitados a la inauguración de Parasomnia Clochard, nueva exposición de Mote, que a su vez será parte de la inauguración de este centro cultural.
Todavía no se define la hora de la inauguración, pues también se presentará obra de una galería y probablemente el Ensamble Audire. Lo que sí es seguro es que será el Sábado 22 de abril. Más adelante daré la información completa, por lo pronto aparten el día.

miércoles, marzo 29, 2006

Reblandecimientos cinematográficos

Una historia violenta: La novia en su máxima virilidad

Ayer descubrí por qué es riesgoso tratar de definir la obra de un autor y a partir de ello confiar plenamente en lo que ha de presentarnos: después de ver Crash o Spider, ¿quién dudaría en ir a ver la nueva película de Cronenberg?
Es obvio que cuando nos enteramos de alguna novedad de nuestro escritor, músico, director, etc., favorito, siempre resulta emocionante averiguar en qué consiste la novedad, pero con cierta expectativa basada en las características estilísticas a las que nos hemos habituado en sus trabajos anteriores.
Sin embargo, en cuanto acabó Una historia violenta, lo primero que me pregunté fue ¿acaso Cronenberg se ha vuelto un prestanombres cuya participación en la cinta se limitó a indicar qué tan destrozados debían quedar los rostros o cuerpos de quienes resultaron muertos?
Por ahora, debido a que es una película recién estrenada y que tal vez no han visto muchos, me limitaré a decir que la expectación se convierte en decepción en cuanto empieza la segunda escena, y aumenta conforme avanza la historia; de momento uno cree que se equivocó de cine, que está viendo alguna producción hollywoodense en la que el bueno acaba con los malos porque sigue sus añejos instintos asesinos; en la que el misterio se mantiene hasta los primeros 30 minutos y de ahí en adelante todo se vuelve predecible y salpicado de clichés hasta la última escena; en la que el bueno defiende su derecho a vivir felizmente el american dream.
Además, después de la primera pelea es imposible no pensar que estamos ante la historia de La Novia de Kill Bill, pero en masculino, a puño limpio, uno que otro balazo y apenas uno que otro chorrito de sangre.

Algo similar ocurrió con Hostal. Clasificada como tipo D a causa de escenas altamente perturbadoras, seleccionada en el Festival Internacional de Cine Contemporáneo y producida por Tarantino; otra vez llega la duda: no tenemos ni idea de quién es el director, pero ¿por qué no ir a verla, reconociendo que uno tiene ese lado morboso y aficionado a los descuartizamientos, el canibalismo, la sangre a chorros y las historias ominosas en que se desarrolla tanta muerte y destrucción? Además, si Tarantino la produce, es por algo.
Pero nuevamente, después de un parco inicio dotado de sexualidad para nada explícita y menos pornográfica –como muchos esperaban-, en el que la historia pinta a un trío de estudiantes norteamericanos cuyo único interés, estando de visita en Europa, es acostarse con la mayor cantidad de mujeres europeas; cuando uno cree que el punto álgido ha llegado… todo se derrumba en imágenes que sugieren descuartizamientos, tortura y sangre a chorros. La cámara echa rápidos vistazos a lo que ocurre en una especie de matadero para humanos, pero nunca se detiene, siquiera una sola vez, en el proceso completo. Los escritores del guión por supuesto desconocen el significado de lo ominoso, y nos regalan una historia llena de pistas –no vaya a ser que no adivinemos o entendamos que a la A le sigue la B- que hacen de la película un montón de sucesos predecibles y por si fuera poco, absurdos o sin el menor cuidado en la continuidad a la hora de hacer la edición.
Su único punto a favor fue que a la cofradía de cazadores se ofrecía el precio más alto por los cuerpos norteamericanos. Y lo único que justifica la producción de Tarantino es que aparecen sendos homenajes a Pulp Fiction. Nada más.

lunes, marzo 27, 2006

Experimentación y más

Es difícil saber lo que puedes esperar como espectador cuando te avisan que lo que estás a punto de escuchar es algo que nacerá de la improvisación. Puedes imaginarte algo parecido al jazz, a la distorsión de sonidos, al juego con la voz; puedes imaginar sampleos y mezclas con sintetizadores, solos espectaculares de batería…
Pero cuando descubres que lo que estás percibiendo rebasa por completo la maraña que se había formado en tu imaginación, te emociona darte cuenta de lo lejos que estabas de adivinar hasta qué punto puede explotarse un sonido, sobre todo cuando proviene de una guitarra eléctrica respaldada por la potencia de dos baterías.
Eso fue lo que ocurrió cuando el sábado escuchamos tocar a Thurston Moore en la guitarra y William Winant y Tom Surgal en las baterías y percusiones.
Primero entró la guitarra como para establecer su propio espacio y a partir de él, el espacio que debían ocupar las percusiones. Después de este cauteloso inicio todo fue intensidad pura, así, tal cual; quizá hubo algún momento en que bajaban de velocidad, en que recurrían a instrumentos más sutiles para lograr sonidos más finos, pero aún ahí, cuando había que poner toda la atención y entrecerrar los ojos para concentrarse sólo en la resonancia, una sensación frenética atravesaba el cuerpo y no podías dejar de moverlo llevando el ritmo, un ritmo incodificable.
Entonces te das cuenta de que experimentar es una palabra en la que caben significados infinitos y que todas las posibilidades son factibles si se obedece a la libertad y al impulso. Por eso Thurston Moore transformó a la guitarra en una especie de amante a la que se le pide, en un momento dado, que diga todo lo que siente. La golpeó y raspó sus cuerdas en puntos estratégicos para obtener el efecto deseado, pero sin lastimarla. Utilizó una lija, una baqueta, el micrófono, su propio tenis; la golpeó de cabeza contra el piso, la confrontó con su propio sonido en el amplificador. Y así como él parecía en mera sesión de hipnosis con su guitarra, los bateristas parecían endemoniados creando atmósferas devastadoras, guiados por su propia fuerza y ritmo sobre los tambores, los platillos, un gong, cencerros, un popote metálico, una mini matraca circular, un tendero de gongs de distintos tamaños, una especie de marimba eléctrica (supongo que estos últimos tienen un nombre específico, pero no lo conozco). Los tres con potencia y ritmo desencadenado, sin llegar nunca al extremo del speed metal, pues no se trataba de eso; más bien a una velocidad continua e intermitente, y con una sonoridad que retaba a los amplificadores y a los oídos de todos nosotros al límite. Hubo momentos en que la distorsión y agudeza era tal que de verdad creí que iba a estallarme el cerebro o los oídos, pero, eso sí hay que aclararlo, aunque las notas y el volumen alcanzaran un nivel máximo, nunca resultaron lastimosos o molestos; en realidad sobresaltaban por su extrañeza, porque no estamos acostumbrados a tales decibeles.
Fueron capaces de crear una atmósfera y euforia tales no sólo en el público sino en ellos mismos, que de pronto Moore jaló a un cuate con todo y videocámara, y le pasó la guitarra por la espalda y entre las piernas, invitándolo a hacer lo que quisiera, pero el cuate, no sé si por mamón o porque de veras estaba sorprendido, no hizo nada. Entonces Moore subió a una chava y la abrazó fuertemente; la puso sobre la batería de uno y luego de otro, le quitó un tenis y calcetín y tocó la guitarra con su pie. Obviamente el furor y desenfreno fue tal que todos nos arremolinamos hacia el escenario tratando de subir, formar parte de tal mezcla. Pero advirtieron a tiempo la avalancha que habían desencadenado, y poco a poco fueron bajando el ritmo, suavizando los golpes, hasta que sólo se escucharon los aplausos y los gritos en plena catarsis.
A muchos, principalmente los que no estaban cerca del escenario, les pareció pura faramalla, “mucho ruido y pocas nueces”, puro espectáculo. Pero bastaba ver las expresiones faciales y corporales de cada uno de los músicos para darse cuenta de que no se trataba de hacer un demostración esnob o taquillera de sus aptitudes para cada instrumento; sino que nos estaban haciendo testigos de una liberación pura a través del grandioso juego de la conjunción caótica (entendí mejor que nunca lo del orden que se mantiene en la estructura aparentemente más caótica) de sonidos que por lo general participan de una forma estructurada para dar la melodía o seguir el ritmo, e incluso esporádica y ligeramente en un concierto, sin importar el género musical del que se trate.
Confieso que nunca había escuchado el trabajo de ninguno de los tres, aún cuando Thurston Moore es guitarrista del famoso grupo Sonic Youth; y no sé tampoco en qué otros proyectos participen los bateristas, pero pronto lo averiguaré.
Por último, comparto el fragmento de una crónica de este concierto escrita por Roberto Garza para La Jornada, que puede explicar mejor que yo lo que fue tal experiencia:

Los dedos de Moore se deslizan sobre las cuerdas y abren la primera llaga en la textura del sonido. Abstraído, suprime los canales de la lógica y la razón, entra en un estado mental puro y deja que la energía fluya del cerebro hasta el amplificador. Golpes certeros que se intensifican.
Moore baja la cabeza, inclina el torso, distiende los hombros y flexiona las rodillas, mientras su guitarra crea la atmósfera sonora para que Winant y Surgal se incorporen al impromptu. Winant marca un ritmo ascendente, con golpes certeros que crecen en intensidad, al tiempo que Surgal abre un canal de libre improvisación.
La pieza se eleva y desciende al mismo tiempo; Winant se acelera, Surgal marca contratiempos y Moore se da vuelo con la distorsión, el vibrato y el feedback.
El público, cuyo número no rebasa las mil personas, observa impávido. Hay mucho que percibir y nada que entender. Es energía básica que se transforma en ruido; ruido que se expresa como símbolo; símbolo que el espectador interpreta. Esta música escapa a cualquier intento de análisis racional clásico. Vacunada contra el juicio docto y razonado, sólo acepta una definición: expresionismo sonoro.

viernes, marzo 24, 2006

Eskimo

Los cazadores, expectantes sobre los kayaks, han remado despacio, casi en silencio para que la tranquilidad del agua permanezca casi inmutable, hasta que logran divisar el objetivo de su salida: una morsa que asoma curiosa la cabeza fuera del agua helada, y delata, sin querer, a su tribu que yace relajada en las faldas de un iceberg.
Esta es parte de la primera historia que conforma uno de los proyectos más originales y mejor logrados de The Residents: Eskimo.

En su primera versión, creada en 1978, Eskimo no incluía imágenes ni fotos; sólo se trataba de un audio que nació a partir de seis historias escritas por los integrantes de The Residents. En aquella época, el disco causó conmoción debido a la pureza de los sonidos logrados, a la mezcla del aspecto rústico, acentuado por cánticos y oraciones en un idioma inventado por los integrantes del grupo, y los tonos de las consolas tratando de recrear la gelidez ominosa, totalmente desconocida para nosotros. Este trabajo fue considerado la primera gran producción del grupo, y en su portada aparece el cuarteto dando a conocer a los personajes con los que han sustituido sus identidades a lo largo de los últimos treinta años: vestidos de smoking con la cabeza cubierta por un enorme globo ocular.

En 2002 The Residents retomaron Eskimo y redondearon el concepto con imágenes; pero no se trata precisamente de un documental nacido a partir de una investigación, sino de una recreación de acontecimientos sobrenaturales, míticos o legendarios, tal vez producto de la imaginación exacerbada que obedece a la sencilla pregunta de ¿cómo será o habrá sido la vida de los esquimales?
Por supuesto se deja ver un proceso de recopilación de lecturas al respecto, sobre todo de costumbres y creencias antiguas (que insisto, seguramente fueron modificadas por la mano del cuarteto); desafortunadamente, también hacen alusión a la manera en que esta cultura no se salvó, a pesar de la distancia geográfica, de la presencia de esas dos industrias que pretenden alimentar al mundo entero: Coca-Cola y Mc Donald’s.
Como bonus se incluye un “verdadero” documental filmado en 1922 (aprox.) en el que un grupo de esquimales construyen un iglú, pescan una morsa y se desnudan antes de irse a dormir.

Las imágenes de Eskimo fueron seleccionadas para que confluyeran con las historias previamente escritas, y son superposiciones de paisajes extraordinarios, ballenas, morsas, lobos y personas que oscilan entre dibujos y antiguas fotografías en blanco y negro.
La música funciona a manera de soundtrack que da voz a las vibraciones emanadas del hielo, del cielo oscuro, estrellado y cristalizado por auroras boreales; del silencio contenido en la mirada impenetrable y la boca herméticamente sellada de los esquimales. La recreación de cantos y murmullos evoca el misterio del ritual que acompaña –como una coraza o manta protectora- cada acto sutil y cotidiano que ante nuestros ojos podría ser irrelevante y hasta banal por ser cosa de todos los días. Sólo que en Eskimo cada cosa de todos los días es percibida como un acto único e irrepetible, producto de la magia con que los espíritus elementales bendicen al ser humano. Por eso, un nacimiento, la llegada del día y de la noche –que dura seis meses cada uno-, un momento de delirio o alucinación provocada por la anunciación de la cercanía de la muerte, es digno de la atención de todo el grupo.

Transcribo una de las historias que habla de una mujer en su trayecto hacia la cueva sagrada donde debe parir. Cruza extensos páramos de hielo quebradizo, y al llegar a la cueva, cuyas texturas se hacen rugosas mientras avanza hacia la oscuridad profunda, las imágenes sugieren una metáfora del viaje de la mujer hacia su propio útero hasta que, guiada por los cantos protectores de Angakok, llega adonde está su hijo y lo ayuda a nacer. Al final queda un fuerte contraste de la desnudez del bebé sobre la nieve en la boca luminosa de la cueva, y la foto de una pareja de ancianos que anuncian su lejano pero inevitable destino.

BIRTH

The pains were coming in regular intervals and she knew if she didn’t star moving, her legs might collapse before she could reach the ice cave.
The ceremonial band was already playing birth music and the other women sang in attempt to comfort her.
But as her steps carried her toward the ice cave and the ceremonial band’s music became lost in the wind, the true lonliness of her situation loomed even larger in her mind.
The gaping mouth of the ice cave eagerly awaited. And although she felt fear, she knew the cave also offered relief from her quickening pains, for this journey had been made many times before.
Her pace remained unchanged as she entered the cave, wich now enlarged and engulfed her in the sweet music of slowly moving ice vibrating within its own crystalline formations.
Deeper into the cave she went. The men were playing the kooa and chanting for the birth of a male.
Finally she reached the furthest chamber were stood the Angakok. Delivery began immediately as the magic man filled the room with protective prayers.
The child was born. The Eskimo woman reached her hand gently across the already frozen crust on the infant’s belly to feel the child sex.
The other women came into the chamber singing the song of life and bore the crying infant away.

jueves, marzo 23, 2006

La risa que celebra y la risa de la vergüenza

¿Cuántas veces nos atacamos de la risa al escuchar que alguien se echa un pedo por demás ruidoso? ¿Cuántas veces nos reímos de los sonidos que producen nuestros propios pedos al salir del cuerpo? ¿Cuántas veces nos hemos burlado o quejado de alguien que lo haga en público? ¿Y cuántas veces nos hemos preguntado por qué nos da risa, si es algo tan natural y necesario como orinar, llorar o estornudar?
Tampoco falta nunca la risa del que se tropieza, del que se cae, del que se equivoca en público, del que saluda hipócritamente. Es impresionante constatar hasta qué punto la historia de las civilizaciones se ha deformado y empobrecido en tanto empobrece la facultad de que los individuos se expresen libremente. La creación de reglas y estatutos que sólo buscan estereotipar y masificar a las sociedades ha ocasionado –sólo por mencionar los aspectos más particulares- que las personas desconozcan las funciones primarias de su cuerpo y se limiten a mantenerlo en constante remodelación superficial de acuerdo a las exigencias de la mercadotecnia y publicidad.
De esta manera, hombres y mujeres sólo se preocupan por cumplir con las normas establecidas en cuanto a la apariencia física sin preguntarse realmente cómo funciona su cuerpo y qué necesita. La única relación que tienen con él implica no comer cosas que engorden mucho y el tipo de cremas y masajes que necesita para verse bien.
Se entiende entonces que un pedo provoque risa o repulsión; que sea de mala educación sonarse los mocos en público y fuertemente (peor si es en el comedor); rascarse la oreja para sacarse la cerilla, y en general la simple mención de todo lo que tenga que ver con fluidos y desechos corporales. Sin embargo en el fondo de todo esto la principal culpable es la represión moral, pues alrededor de ella ha girado la creación de los estatutos y las reglas durante cientos de años, restringiendo los actos naturales no sólo de la conducta, sino de la fisiología humana.

A continuación comparto una nota que leí en la mañana y que provocó la reflexión anterior.

Revela Libro de las cochinadas, el placer de echarse una flatulencia
Los mocos, los escupitajos, el sudor, la orina y los eructos, imprescindibles para el funcionamiento del cuerpo
TANIA MOLINA RAMIREZ
Todos somos cochinos. Más vale aceptarlo y conocer nuestras cochinadas. Convencidos de esto, Juan Tonda y Julieta Fierro, reconocidos científicos profundamente comprometidos con la divulgación de la ciencia en nuestro país, escribieron El libro de las cochinadas, en donde nos presentan a "grandes salvadores" de los seres humanos: los mocos, la caca, los escupitajos, el sudor, la orina, los pedos, los barros, el vómito y los eructos. Parte fundamental de la obra son las divertidísimas e ingeniosas ilustraciones de José Luis Perujo, Premio Nacional de Caricatura. Si no fuera por los mocos, por mencionar un caso, entraría en nuestro cuerpo el polvo, los virus, las bacterias y los insectos. Gracias a la orina nos liberamos de "los desechos líquidos que no aprovecha nuestro organismo, principalmente, urea, ácido úrico, creatinina, sales, proteínas viejas, sudor y mucha agua".
El placer más grande
Pero los autores no sólo presentan a estos imprescindibles personajes, sino que celebran su existencia: "No hay placer más grande que echarse un pedo. Si estamos en una reunión o en una clase y nos da vergüenza echarnos uno, empezamos a sentir dolores en la panza y definitivamente no estamos a gusto hasta que logramos que salga. Lo más cómodo es levantar ligeramente una nalga para que pueda escapar libremente".
Fierro -directora general de Divulgación de la Ciencia de la Univeridad Nacional Autónoma de México (UNAM)- y Tonda están convencidos de que el rigor académico no tiene por qué ir acompañado de una cara seria y solemne.
Juan Tonda, físico y subdirector de medios escritos de la Dirección General de Divulgación de la Ciencia de la UNAM, cuenta a La Jornada que cuando le presentaron la obra a quien sería el primer editor, éste se quejó de que había demasiada caca en el texto. Ni hablar. Optaron por publicarlo con ADN Editores y el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes en 2005.
Pero así es la condición humana (llena de caca y pedos), como lo prueban los autores: "Nuestro intestino normalmente tiene alrededor de 100 mililitros de gas; así que estamos listos para cualquier contingencia. Y diariamente una persona común se echa alrededor de 15 pedos expulsando un total de entre dos y tres litros de gas".
De la diosa Tlazolteotl a cómo construir un cohete de mocos
En la obra se menciona cómo ha variado con el tiempo nuestro estándar de lo bien visto. Los romanos tenían un cuarto llamado vomitorio, y "en el siglo XIX, las escupideras eran comunes en casi cualquier lugar público, inclusive en las oficinas gubernamentales. Entre los aztecas existía la diosa de la caca, Tlazolteotl", también diosa de la fertilidad y el amor; mientras que en el famoso Manual de urbanidad y buenas maneras de Manuel Antonio Carreño se reprueba "la costumbre de levantarnos en la noche a satisfacer necesidades corporales".
El libro de las cochinadas también habla sobre las diferencias entre culturas, por ejemplo, los musulmanes usan la mano izquierda mezclada con agua (o arena) "para limpiarse las nalgas después de ir al baño" y la derecha para comer.
Los científicos, ambos galardonados con el Premio Nacional de Divulgación de la Ciencia en México, no se reducen a lo que ocurre en nuestro planeta: ¿qué ocurriría si cagáramos y meáramos en el espacio? "La caca podría escapar por entre nuestras piernas y flotar alegremente por la nave espacial". Tras experimentar diversas maneras de resolver el problema, se idearon excusados como el del transbordador espacial Endeavor, con un costo de 250 millones de pesos.
Pero El libro de las cochinadas no sólo contiene datos, también trae ejemplos para poner en práctica, desde cómo construir un cohete de mocos hasta experimentos con pedos (como el tan conocido ejemplo del cerillo y la flatulencia).
Incluye, además, una sección de frases como "El señor don Argamasilla cuando sale chilla" (Francisco de Quevedo).
La obra está dirigida a personas de todas las edades. "Entre los niños tenemos muchos lectores", comenta Tonda. No resulta sorprendente: quizá los pequeños son al fin de cuentas adultos sin pena.
El maestro del pedo
Adultos como Joseph Pujol, conocido como Le Petomane (El Pedorro), quien, cuentan los autores, tocaba la Marsellesa... con el culo. Sí, logró manejar con tal maestría sus pedos que inclusive imitaba instrumentos durante su espectáculo en el Moulin Rouge, a finales del siglo XIX. Se cree que para crear tantas flatulencias tomaba enormes cantidades de agua mineral.
Quizá tras leer el libro, usted ya no se avergonzará de ese pedo que todos oyeron, y puede ser que hasta lo celebre.

miércoles, marzo 22, 2006

Delirium

¿Será que nosotros deliramos a la noche, en la noche, o la noche nos delira a nosotros; somos la sombra chinesca de las pesadillas que le atormentan durante el día?
Y nosotros, incrédulos de nosotros, nos atrevemos a pasar días enteros tratando de dilucidar el significado de cada sueño que debido a su sentido enigmático y terrible parece decirnos algo que no podemos ver con los propios ojos…
Pero, ¿qué tal que no es de nuestra vida de la que nos enteramos mientras dormimos; qué tal que son las vidas que la noche no puede tener porque sólo puede dedicarse a ser la noche?

Corregido y aumentado

La siguiente es la segunda versión del texto que ocupó este espacio por semanas.


Última caída

El frío de la madrugada le quitó el sueño de encima; respiró profundamente y se sintió aliviado después de haber estado aprisionado en ese bosque de ramas espesas, que lo iban guiando siempre hacia el centro y hacia abajo alejándolo del aire, del cielo, de la luz, de los otros.Poco a poco abrió los ojos. Aunque el sol no lograba filtrarse entre las nubes espesas y grises, la luz le lastimaba y le hacía lagrimear. Cuando por fin pudo mantener los ojos abiertos sin parpadear, lo primero que vio fue una mancha en la pared que le provocó una punzada en el estómago. Después giró lentamente la cabeza; los restos indefinibles de algo parecido a una red de tripas que se encontraban cerca de la pared manchada le hicieron temblar. El cemento cuarteado del patio estaba salpicado de costras y en los bordes de sus grietas había incrustaciones de coágulos todavía frescos por dentro, cuya nata apenas empezaba a endurecerse.Dejó salir un grito, luego otro y otro cada vez más fuerte, cada vez más angustiado, desgarrado: ¡Ahhrrr, ahhrrrr, ahhhhhhrrrrr! Siguió mirando y mientras más miraba más sentía cómo estaba a punto de explotarle el corazón, cómo le palpitaba la cabeza con punzadas aplastantes.
Los recuerdos eran sólo ráfagas de imágenes huidizas: cabezas desgarrándose al ser separadas del cuello, picotazos furiosos contra el lomo, contra el propio pico, miradas frías de terror; visiones ilógicas e indescifrables.
Trató de abrirse paso entre los cadáveres ya tiesos que exhibían sus entrañas como si fueran su más grato motivo de orgullo. Las plumas esparcidas formaban un tapete multicolor adherido con la sangre al piso; las jaulas vacías se balanceaban arrullando los restos de agua y alpiste que nunca nadie volvería a probar. Recorrió el patio buscando al otro sobreviviente, al culpable de aquella nueva masacre. ¿Nueva masacre? Se detuvo a pensar. ¿Por qué el dolor en el pecho, en la carne viva de las patas ya sin garras, en las heridas del cuello y la espalda; por qué sus heridas no resultaron mortales?Otro graznido, más fuerte y agudo, salió de su garganta. Atropellándose, la lucidez llegaba y se enfrentaba a su oscura laguna mental; las imágenes iban apareciendo más despacio y más claras en su cabeza: él el verdugo, él el tirano, él el único sobreviviente. Entonces el terror paralizó los músculos de sus alas; la adrenalina activó en su cerebro una mezcla de alarma y culpabilidad que lo confundía y no lo dejaba avanzar. Pero eso no era lo único que le impedía salir de ahí: su plumaje estaba pesado, húmedo de sangre de distintos espesores, olores, sabores; como la carne de todos ellos, que él -empezaba a recordar- llevaba consigo por dentro para alimentar su organismo, y por fuera, impregnada en su propio cuerpo.

Amaneció por completo y empezó a escuchar el griterío habitual de la casa. Sabía que dentro de poco, cuando los niños se fueran a la escuela, saldría abuelita Mati para cambiar el agua y los periódicos y servir más alpiste.
Muchas veces trató de hacerle entender que él no comía eso, sobre todo cuando ella, entre triste, preocupada e indignada preguntaba: ¿Qué tiene mi pajarito, por qué no quiere comer? ¿Qué no le gusta su alpiste, sus semillitas de girasol? ¿Eh? ¡Pájaro caprichoso, no se hará lo que sea tu voluntad! ¡Ni que fueras canario, canijo pájaro callejero!
A pesar de sus intentos de comunicarse, ella siempre terminaba imitando con gorgoritos y silbidos lo que él le decía: El alpiste y las hierbas me hacen daño, dame carne, ¡quiero carne!
Extendió sus alas para que el sol se las secara lo más pronto posible, pero ya se oían los pasos arrastrados de abuelita. Sólo le dio tiempo de alcanzar la rama más alta de la higuera que crecía desbordándose hacia la calle. Desde ahí miró la pantomima y el llanto que había visto repetirse tantas veces, y como otras tantas, perdió el equilibrio y el conocimiento cuando abuelita Mati (como si alguien le dijera al oído quién había sido el culpable) dirigiera sus ojos llorosos hacia él, que se creía a salvo en esa rama tan alta.

Esta vez no lo vio caer una viejita regresando de misa, ni un niño o una muchacha encaminándose a la escuela; sino una rata asomada por la coladera, quien, no precisamente movida por un sentimiento de lástima, corrió presurosa hacia él.

miércoles, enero 25, 2006

Requisitos de vuelo

El frío de la madrugada le quitó el sueño de encima; respiró profundamente y se sintió aliviado después de haber estado aprisionado en ese bosque de ramas espesas que lo iban guiando siempre hacia el centro y hacia abajo alejándolo del aire, del cielo, de la luz, de los otros.
Antes no solía recordar sus sueños, pero ahora no puede no hacerlo por más que se resista.
Poco a poco abrió los ojos; aunque el sol no lograba filtrarse entre las nubes espesas y grises, la luz le lastimaba y le hacía lagrimear. Miró entonces la primera mancha en la pared y sintió una punzada en el estómago. Después giró lentamente la cabeza y los restos indefinibles que se encontraban cerca de la pared manchada le hicieron temblar. El cemento cuarteado del patio estaba salpicado de costras y en los bordes de sus grietas había incrustaciones de coágulos todavía frescos por dentro, cuya nata apenas empezaba a endurecerse.
Dejó salir un grito, luego otro y otro cada vez más fuerte, cada vez más angustiado, desgarrado ¡Ahhrrr, ahhrrrr, ahhhhhhrrrrr! Siguió mirando y mientras más miraba más sentía cómo estaba a punto de explotarle el corazón, cómo le palpitaba la cabeza con un dolor aplastante. Los recuerdos eran sólo ráfagas de imágenes inquietantes, huidizas. Pero el dolor, el dolor en el pecho, en la carne viva ya sin garras, en las heridas del cuello, en la espalda, era la prueba indiscutible de que él podría, si quisiera, señalar con el pico al culpable.
Trató de abrirse paso entre los cadáveres ya tiesos que exhibían sus entrañas como si fueran su más grato motivo de orgullo. Las plumas esparcidas formaban un tapete multicolor adherido al piso con la sangre; las jaulas vacías se balanceaban arrullando a los restos de agua y alpiste que nunca nadie volvería a probar. Recorrió el patio buscando al otro sobreviviente, al culpable de aquella nueva masacre. ¿Nueva masacre? Se detuvo a pensar.
Otro graznido, más fuerte y agudo, salió de su garganta. Llegaba la lucidez y se enfrentaba a su oscura laguna mental; las imágenes iban apareciendo más despacio y más claras en su cabeza. Entonces el terror paralizó los músculos de sus alas, la adrenalina activó en su cerebro una mezcla de alarma y culpabilidad que lo confundía y no lo dejaba avanzar. Pero eso no era lo único que le impedía salir de ahí: su plumaje entero estaba humedecido de sangre; sangre de distintos espesores, olores, sabores, como la carne de todos ellos, que él, empezaba a recordar, llevaba consigo en el estómago satisfecho. Y si algo sabía muy bien
-mejor que lo que había pasado ahí la noche anterior- era que sólo puede emprenderse el vuelo con el estómago satisfecho aunque la angustia le rebase en peso.
***
Textos como éste surgen después de despertar con los graznidos histéricos de alguno de los pajarillos que colecciona el vecino.

miércoles, enero 18, 2006

Una balsa de arena

Y yo que le temía a las turbulencias en el aire, no esperaba que las más fuertes, las de verdad, se produjeran en la tierra.

Aterrizar y bajar las escalerillas del avión como sólo parece que ocurre en las películas; caminar por un pequeño tramo de pista y entrar al aeropuerto para buscar el baño porque durante el trayecto no me atreví a mover un solo músculo... Cuánto miedo y cuánta tensión terriblemente absurdos.

“Estamos en San José del Cabo, donde se encuentra el Hotel Posada Real. ¿Quiénes bajan ahí? Levanten la mano, por favor. Mmmm... bastantes. Haremos el recorrido por la costera hasta llegar a Cabo San Lucas, donde bajarán quienes se hospedan en el Costa Real. ¿Quiénes son? Levanten la mano. ¡Vaya, cuántas mujeres!”

Dejar que los padres hagan el trámite de registro y decirle a la hermana ¡vamos a la playa! Vamos, dice. Atravesar el pasillito de tumbonas donde reposan unos gordos impresionantemente gordos y rojos; mirar a izquierda y notar que hay un pequeño jacuzzi, mirar a derecha y notar que en la alberca, aunque está grande, no hay nadie. Ha de estar fría, dice la hermana. Sentir hundirse a los pies entre la arena. Notar que hay un tramo grande e irregular de ahí hasta donde llegan las olas; es tal la distancia que uno no alcanza a ver más que la superficie calmada, sin oleaje, sin corriente y le dice a la hermana ¡órale, aquí no hay olas! Ella responde algo entusiasmada, ¡chido, se ha de poder nadar bien! Subir y bajar los montículos de arena hasta que ahora sí se mira cómo choca el agua contra la playa, cómo se vuelve a ir, se eleva y vuelve a chocar. No pues sí hay olas, pero está tranquilo, le dice uno a la hermana; pero entonces ¿por qué nadie se mete?, pregunta ella y uno mira a los lados, a la gente sentada sobre el montículo más lejano, sólo mirando. Ha de estar fría, le contesta uno a la hermana, igual que el viento.

Dejar las cosas en el cuarto y ponerse los guaraches y un suéter, porque vamos a comer en la terraza y el frío se apodera del ambiente. Brindar y comer. Comer y brindar porque ya llegamos y vamos a estar aquí siete días.

Dormirse algo mareada. Despertar todavía mareada, pero sorprendida por una luz rojísima que llena el espejo. Levantarse a tientas y correr a la ventana. ¡Mira las nubes, están bien rojas, está amaneciendo!, le dice uno a la hermana, quien se levanta diciendo qué, qué, a ver a ver, sí... órale, tómale una foto. En cuanto el sol desaparece entre las nubes, volverse a dormir, pues apenas son las 6:30 am.

Desayunar y darse cuenta de que nadie entra al mar. Preguntarle al mesero, quien explica que aquí no se puede nadar porque además de que el agua está helada, las corrientes son muy fuertes y hay poco espacio de playa, por lo que muy pronto se llega a la misma profundidad que el mar abierto.
Vamos a caminar pues, dice el padre, y la madre no deja de mirar el agua y tallarse los brazos. Hace frío, murmura ella.

Caminar a lo largo de la playa hasta toparse con unas rocas enormes. Descubrir que en verdad ahí el aire es muy fuerte y frío, que el agua entume los pies al poco tiempo de estarlos remojando en la orilla. Mirar a un zueco trepado en una tabla como de esquí, amarrado a una vela como de velero que lo va guiando sobre el mar. Hace piruetas, volteretas, se eleva, patina sobre las olas. Uno se imagina un pez águila, un pez correcaminos, un pez libélula, un pez mariposa, como la hermana.

Planear cuándo iremos al barco que lleva a dar el paseo en busca de las ballenas. Mirar el folleto que nos dieron al llegar al aeropuerto y leer las opciones: barco de dos pisos con música viva y barra libre; lancha de cristal; exploración en lancha de aire (son lanchas de plástico con motor integrado; en cuanto el capitán visualiza una ballena, acelera a toda velocidad y la alcanzan. La gente debe ir con chaleco salvavidas y atada a la lancha). Nos emociona la última opción pero la madre advierte que ella no irá, que nos esperará en el muelle. Tratamos de animarla, pero nos recuerda que le teme a las olas altas, que no sabe nadar, que no le gusta y punto. El padre la presiona y le dice que tiene que ir, que hay que ver a las ballenas. Uno le dice que si no quiere no, que las grabamos y se las enseñamos cuando regresemos. El padre se enoja y dice que entonces para qué vinimos, que mejor nos compra los videos de National Geographic de los animales que querramos y nos quedamos en la casa viéndolos. La hermana se enoja y le dice que entonces ella le compra el de Egipto, a ver si se queda en la casa a verlo. Él se enoja y dice YO sí voy a ir a Egipto, pero tu madre no porque no se va a subir al crucero ¿? La hermana y yo nos miramos con signo de interrogación porque no sabemos a qué crucero se refiere. Miramos a la madre y está llorando. La hermana se enoja y le dice al padre ¿ya ves lo que haces? El padre se queda serio y trata de calmar a la madre. Ella de verdad está triste y enojada. Sólo dice ya, déjame, si no quiero no voy a ir.
Miro hacia el mar y de una forma tremendamente contrastante, el sol brilla en el cielo limpio.

Abordar el barco-yate de dos pisos a las cinco de la tarde. La madre se animó al final y se sentó muy quietecita en las bancas de en medio, donde se siente menos la agitación. La hermana y yo nos sentamos en la orilla junto a la cabina del capitán; ella con cámara de foto en mano, yo con cámara de video en mano. El padre se sienta con la madre y le enseña en dónde están los chalecos salvavidas. Me acuerdo de Herzog y de su búsqueda del monstruo en el Lago Ness. La hermana y yo nos emocionamos imaginando qué ballenas veremos, deseando tener la suerte de ver alguna, pues dicen que en realidad sólo si hay suerte se logra alcanzarlas, ya que esta parte del mar sólo es una ruta de paso hacia su refugio, más al norte en Laguna Ballena, donde paren a los ballenatos o llegan a descansar si los parieron en el camino. Por fin avanza el barco, empieza la música y el aire algo frío, pero no importa. Un poco lejos ya, nos dirigimos a la atracción principal de Cabo San Lucas: El Arco y el arrecife de los leones marinos. Es maravilloso, una formación de piedra blanca, que ha adquirido esa figura debido a la erosión eólica y las fuertes corrientes marinas. Los leones marinos están todos juntos, uno de ellos levanta la cabeza al vernos y entona unos aullidos que interpretamos como saludo y deseo de buena suerte, pero también como advertencia de que no nos acerquemos más, pues parece que hace poco las madres parieron a los pequeñitos que se ven por distintos lugares de la roca.
Rodeamos toda la zona y por fin la madre se relaja, anda de barandal a barandal mirando cómo cambia el paisaje. El padre anda contento y se apodera de la cámara para tomar y tomar fotos. El barco se aleja de la formación y se dirige hacia el horizonte, a la izquierda del sol. Pasan como 20 minutos y por fin el capitán avisa ¡por ahí anda una ballena! Entonces acelera y la emoción crece otra vez; miro a los lados y descubro que hay otros dos barcos-veleros que también están buscando... Despacio, despacio, parece que estamos cerca... ¡y sí, de pronto ahí está la aleta! La emoción paraliza a la hermana, pero yo me acerco al barandal para ver mejor. Son dos negras, jorobadas. Primero sólo se ven las aletas y los lomos, avanzando despacio; luego sale una y expulsa el chorro de agua, luego la otra, que hace lo mismo y al final asoma la gran cola... enseguida se sumerge. Todos nos quedamos mirando en espera de que vuelvan a salir, pero no. Una sensación de contento pero de desasosiego nos invade, y empieza a avanzar de nuevo el barco. A los cinco minutos, la madre, que se quedó buscando alrededor, grita ¡allá va otra! El capitán vuelve a acelerar girando a la izquierda, nos volvemos a acercar al barandal y la alcanzamos. Son otras dos, pero esta vez las colas son blancas. Una de ellas se deja ver mejor, gran parte de su cuerpo sale a la superficie y luego vuelve a sumergirse enseñándonos el revés de su cola. La otra no enseña más que la aleta, pero de cualquier forma es maravilloso.
Se pierden en lo profundo del mar. Ahora sí vamos de regreso, pues con tanta expectación nos hemos alejado demasiado y el sol se está yendo bastante rápido. El frío empieza a entumir los brazos y las piernas. La noche y la luna están a la derecha. El ocaso lleno de nubes magenta tiñe el cielo azul a la izquierda. En el barco la gente baila y bebe. Al poco rato también nosotros bailamos, pero no bebemos; es suficiente con el mareo de altamar.

Amanecer nublado, aire fuerte y frío. La madre está adolorida de la espalda y pide un masaje; la hermana pide lo mismo. Le digo al padre que quiero recorrer el lado contrario de la playa y me acompaña. Conforme caminamos notamos que la arena es más suave, que hay un gran terreno virgen, y que las olas por ahí no son tan fuertes, se puede nadar. Al final, cuando casi llegamos a otro pueblito, descubrimos que hay un estero. Hay que venir con mi mamá y Marisol, le digo al padre. Él dice que sí, que está bien para caminar.
Regresamos y nos tumbamos un rato en la playa. Entonces me recorre el silencio. Me asusta. Miro a la gente que está junto a nosotros y me doy cuenta de que la mayoría, además de ser extranjera, es mayor de 50 años.

Las nubes se instalan en el cielo. No hay mucho aire y todo parece estático. Algunas risas en la alberca, mucha gente en el jacuzzi. No hemos entrado ni a una ni a otro, le digo a Marisol. Hace frío, dice ella, hay que echarnos unos tequilitas. No, mejor vino tinto, le digo. Mejor uno y uno, ¿va?, me dice y se encamina al bar. Los padres hace rato que se fueron al pueblo, debían hacer un depósito. San José del Cabo, qué pueblo tan pequeño y agrio. Fuimos hace dos días y lo único que me gustó fue un pequeño mural de mosaicos que está en el friso de la iglesia: representaba a un indio americano arrastrando de los pies a un fraile. Al parecer a los indios de la región no les agradó para nada la idea de la monogamia que los evangelizadores trataban de imponer y los mataron.
Más allá sólo hay tiendas y tiendas llenas de artesanías de todo el país. Bobeamos un poco y una muchacha nos contó que ahí no hay una artesanía particular; de hecho quienes atienden estos comercios son del DF o de algún otro estado del país. Lo único característico es la Damiana, una hierba que se hace en té o en licor; supuestamente es afrodisíaco, pero también es relajante y digestivo. Lo otro son los jabones de esencias naturales que por cierto hace una gringa, pero con puro material natural de ahí. Es todo. Y por supuesto los precios se cotizan en dólares y absurdamente caros. Ejemplo: una bolsita chiapaneca (chica, no morral) de las que abundan en Coyoacán, ¡35 ó 40 dólares!

Hacerle caso a los padres para entrar al jacuzzi. Al principio lastima el agua caliente sobre la piel ardida. Después se acomoda uno y ya no siente tan feo. Hay otras personas ahí, extranjeros, y al notar que el padre intenta platicar con ellos, la hermana y yo le servimos de traductores. Descubrimos que no hay tanto gringo como pensábamos, sino canadienses. Tres de ellos, una pareja y la amiga, se entusiasman con la plática y se quedan –nos quedamos- toda la tarde, hasta la hora de cenar. La pareja es de Alberta y la amiga de Vancouver. Entre otras cosas nos cuentan que allá sólo hay dos meses (julio y “augusto”) de intenso calor, con temperaturas de hasta 50 grados; los otros meses todo es frío y nieve que llega a juntarse en montones de 1.50 metros. Quieren conocer otros estados, donde haya menos playa y más cultura... Les recomendamos, para empezar, Oaxaca, Chiapas, Veracruz; pero ni siquiera pudieron pronunciar los nombres, así que les propusimos que si traían un mapa o una guía de México, podríamos marcarles los lugares. Sólo llevaban un diccionario, pero nos agradecieron la idea de conseguirse una guía.
Salimos del jacuzzi para cenar; hemos bebido bastante gracias a las atenciones de Brian, quien no dejaba que tuviéramos el vaso vacío en la mano. Vaya, nos despedimos contentos de habernos conocido. Después de bañarse y atestiguar el largo proceso de desenredamiento de los cabellos de la hermana, llegamos a la mesa. La madre tiene un té de manzanilla y el padre ya ha empezado a comer su sopa. Tiene los ojos rojizos y empequeñecidos por el alcohol y el relajamiento del agua caliente, pero su tono es grosero y agresivo; nos reclama por habernos tardado tanto y le reclama a la madre que se haya enfermado del estómago justo cuando les habían explicado cómo llegar a un restaurante que sólo vende mariscos. Los canadienses entran y se acomodan con otros canadienses. El padre voltea a cada rato hacia su mesa, pero ellos están muy ocupados conversando y riendo. La madre quiere irse a dormir pero el padre dice que se aguante hasta que se acabe el postre, y que además vamos a ir a ver las estrellas. Ella dice que no, él dice que sí; ella que le duele el estómago, él, que se tome la pastilla para el colesterol; ella que no porque sólo se toma con alimentos, él que sí que te la tomes, que órale. Los tonos suben, la hermana y yo nos miramos y ella dice ¡ya pues, no se va a tomar la pastilla y no se van a ver las estrellas porque está nublado, hace frío y tenemos sueño!
Yo miro a la madre, y se está aguantando las ganas de llorar. Pienso que no es posible que esté aguantando eso y más y también bostezo para disimular una lágrima.

Sigue el frío, sigue nublado y no hay nada más que hacer. Fuimos a San Lucas, pero es lo mismo que San José, sólo que más grande, con más autos, con más tiendas y más gente.
Quedarse mejor ante el mar, que se ha vuelto bravo en los últimos días. Me imagino personaje de Persona, de Bergman. Me imagino al viejito ahogado que la hermana soñó hace dos noches. Me imagino a todos muertos de la asfixia provocada por el silencio, la inmovilidad y el alcohol. Me imagino que no vuelvo, que me quedo ahí sentada en uno de los montículos que dan a la playa, sintiendo cómo rompen las olas contra la arena y la fuerza hace que se mueva la península, que tiemble levemente a cada momento, que el mareo sea permanente, como arriba de una balsa de madera cuyos troncos crujen y van dejando de poner resistencia ante la furia del agua que arrastra los pedazos resquebrajados. Así imagino que ocurrirá un día con la península; con el padre y la madre, que pronto serán islas que floten solas, frías y distantes.

Sólo hasta que estaba en el avión mirando cómo se quedaba atrás ese pedazo de playa que nunca se junta con el estero, desapareció el presentimiento de que algo anunciado por el silencio y la quietud estaba a punto de levantar enormes las olas y volcarlas sobre nosotros para hacernos parte de una de esas ruinas perdidas bajo el mar.