martes, noviembre 06, 2007

Regreso del exilio



Hoy encontré en el periódico un artículo muy efusivo acerca de una exposición-instalación que se encuentra en el Parque de La Fundidora, en Monterrey. Se trata de la simulación de 2 501 personas que a lo largo del tiempo han ido abandonando Teococuilco, un pueblo de Oaxaca, para buscar suerte en Estados Unidos.

La idea, al parecer, surgió cuando el autor de la obra (Alejandro Santiago, nativo de dicho pueblo) volvió de un largo viaje y no encontró a sus amigos ni familiares porque se habían ido a cruzar la frontera. Poco a poco fue averiguando y descubrió que en total, han sido 2 501 los habitantes de Teococuilco que han tomado el mismo rumbo.
Las figuras que representan a estas personas están hechas con barro y a tamaño natural; pero esta vez, la propuesta de Alejandro Santiago es que emprendan el camino de regreso a partir de este punto, en Monterrey, hasta el pueblo, para así suplir el vacío que ha dejado el mismo número de autoexiliados.

Las fotos son parte del reportaje, si quieren leerlo:


martes, octubre 23, 2007

Asfáltica


Acaba de salir el nuevo número de la revista Asfáltica (supuestamen-
te trimestral pero en realidad anual). Les quedó muy bien, aunque quizá las fotos de la obra plástica lucirían más a color. Recomiendo que la busquen; yo no participé esta ocasión, si no la anterior con el siguiente cuentito, a ver si les gusta.

Por cierto, les parecerá raro que en el título se hable de variantes. Lo que ocurre es que es la primera parte de otros tres; también la primera versión, porque ha cambiado un poco con el tiempo.
El grabado que lo acompaña es de Sergio Hernández.

Variantes de la niña muerta I: Marueta

Preludio
La mirada colérica de esa niña no me deja dormir.
Los doctores y las enfermeras aseguran que sus ojos están perdidos en algún plano distinto, en alguna visión en la que no hay espacio para nosotros, para nadie más -síncope azul le llaman-, pero que regresará.
Yo creo que no, yo creo que está muerta
.

Marueta siempre soñaba que convertía los chayotes en manzanas dulces con sabor a yogurth de chocolate. Su madre le servía todos los días esta verdura acompañada de otras más en todas las variantes posibles: cocidas, crudas, con crema, mayonesa, horneadas, en caldo, licuadas, en pastel; a veces acompañadas de un pequeño pedazo de pescado, pollo o bistec empanizado que la niña dejaba al último para saborearlo despacio en comparación de la avidez con que devoraba el chayote, pues aunque no soportaba morder y encontrarse con ese jugo insípido que le llenaba la boca sin poder meterse un trozo de carne para combinar el sabor, pensaba que mientras más rápido desapareciera del plato, sería más fácil disfrutar lo demás.
Una mañana, aprovechando que la mamá llevaría a Chonche al veterinario, Marueta acercó su banquito al refri y trepó hasta alcanzar los envases que su mamá tanto se afanaba en alejar de ella. Siempre argumentaba que hasta que no supiera leer no la dejaría tocar esos botes, pues sus ingredientes no eran naturales y podría haber algunos que le hicieran daño, cosa de la que no se enteraría adivinando lo que decían las letritas, como solía hacer con los anuncios y los nombres de las calles.
Supuso que si seguía el ejemplo de su mamá y usaba las tazas con rayitas para preparar los pasteles y el flan, le quedaría un platillo igual de exquisito, con ese sabor que tanto aparecía en sueños haciéndola levantarse con la saliva en la boca y el estómago crujiendo. Además, el líquido que había escogido para cocinar sus chayotes era igual de blanco que el yogurth y en la etiqueta aparecía una estufa y la cocina, lo que implicaba que sí, seguro se le ponía a la comida, pero tal vez era tan bueno, que su mamá lo estaba guardando para la fiesta de cumpleaños o alguna otra ocasión especial.
A sus cinco años, Marueta ya sabía que las gelatinas se hacían con un polvo morado y agua caliente, y después de dejarla enfriar, se ponía en moldes de pollo o pato y se metía al refri. Le hubiera gustado seguir el mismo procedimiento para los chayotes, pero su mamá nunca la dejaba acercarse a la estufa y no sabía prenderla, así que el platillo en realidad sería el postre, frío como el helado o el flan.
Sacó a sus verdes enemigos de la charola con agua en la que su mamá siempre los tenía listos para el guisado del día: rebanados o en cubitos, unos crudos y otros ya cocidos. Marueta escogió los cubitos para hacer una figura en el plato. Tomó una taza de las más grandes y le puso azúcar, chocolate y el líquido mágico. El olor era fuerte, pero ya se había acostumbrado a olores raros que salían de la cocina mientras su mamá preparaba la comida. Movió largo rato hasta que la revoltura se puso muy café, con mucho chocolate. Estaba tentada a probarlo, pero a fuerza de manazos había aprendido que no se mete el dedo a la comida mientras se prepara, sólo cuando queda lista se puede cortar un pedazo o servir una cucharada en un tazoncito. Entonces pensó en la figura que haría con los cachitos de chayote: una boca sonriente con la lengua de fuera como diciendo “¡mmmm, qué rico!” . No le costó mucho trabajo, pero primero le puso un poco de líquido abajo, “de base” -como decía su mamá cuando ponía la mezcla de crema y mayonesa y encima las verduras- y luego fue poniendo la curva de pedacitos hasta que quedó grande, bien sonriente; sólo tuvo que ocupar una rebanada para la lengua -“esa que está grande, para mi mamá”- pensó, y sonrió imaginando cómo la agarraría con los dedos y se la iría metiendo a la boca.
Terminó de vaciar lo que sobraba en la taza sobre la figura, y con una cuchara lo expandió para que cada pedacito quedara bien cubierto. De pronto se acordó del chocolate que tanto le gustaba a su mamá, el que se sirve líquido y cuando se enfría se hace duro; fue por él y se lo puso encima, delineando la sonrisa. Como ya estaba listo, se animó a chuparse los dedos, y le gustó tanto lo agridulce del chocolate y el líquido blanco, que también quiso probar un cubito y luego otro y otro. Estaba sorprendida y contenta, aunque el sabor no era exactamente como el de su sueño, por lo menos no se parecía para nada al del chayote, y hasta quería comer más. Cuando vio que la sonrisa ya estaba muy chiquita se le ocurrió que mejor se acababa todo y preparaba otro sólo para su mamá, pero ya quedaba muy poquito del líquido especial; además, de repente sentía que le daba vueltas la cabeza como cuando se subía al “gira-gira” del parque y tenía muchas ganas de dormir. Se acostó en el sillón y pensó “mejor cuando llegue mi mamá lo hacemos entre las dos”, y cerró los ojos.
Rosaura, la mamá de Marueta, llegó cerca de las tres de la tarde; había pasado gran parte de la mañana buscando las medicinas que recetaron a Chonche, perro de avanzada edad y raza delicada, que las últimas semanas dormía gran parte del día, comía poco y de noche en noche vomitaba. El veterinario detectó una infección estomacal y otras molestias relacionadas con la vejez, así que le mandó a hacer estudios, radiografías y una gran lista de calmantes, antisépticos y demás.
Al entrar y dejar con cuidado al perro en su casita, se le hizo raro que Marueta no saliera corriendo a abrazarla y querer juguetear con la mascota o sacarlo a pasear. Se asomó a su recámara y todo estaba en orden: no había disfraces o muñecos tirados y la cortina y ventana seguían cerradas, sólo que la pijama no adornaba la alfombra y la cama no estaba tendida, lo que más que molestarle, le preocupó. Sintió una urgente necesidad de ir al baño, pero mientras avanzaba por el pasillo percibió el excesivo olor a amonia y se dejó llevar por él hasta la cocina, al tiempo que trataba de recordar si había limpiado algo antes de irse o la noche anterior, si había dejado la botella mal tapada o si se había derramado; pero no, ella era muy cuidadosa, sobre todo con Marueta husmeando por todos lados, jugueteando con lo que tuviera a la mano sin detenerse a pensar en el peligro de las sustancias tóxicas; cómo se acordaba del día que le quitó el veneno para ratas con el que quería hacer panqués para los gatos y perros de la calle...
Y se acordaba de eso pero no de lo que había limpiado con Ajax amonia, y de pronto no podía pensar y sentía que el aire se había quedado allá afuera en el pasillo, porque ahí no, porque de pronto le punzaba la cabeza al mirar el banquito de Marueta a la orilla del refri y la puerta de la alacena abierta, esa puerta que debía tener candado porque resguardaba limpiadores, venenos, aromatizantes y destapacaños.
Gritó el nombre con la voz quebrada, pero el plato rebosante de Ajax con chocolate y la rebanada de chayote a medio morder le hicieron perder la voz y caer de rodillas junto a Marueta, quien al parecer había sufrido de retorcijones antes de quedar paralizada en posición fetal, con las manos apretando su estómago como queriendo arrancárselo, o por lo menos lo que no se había ido junto con el vómito sobre el que flotaba su cabello.

lunes, octubre 22, 2007

Sorpresa

Me acabo de enterar de que publicaron un texto mío en Blanco Móvil, que dedica este número a "Escritoras y ciudades". Yo le había mandado el siguiente texto a un amigo, quien supuestamente iba a coordinar el número. Al final no sé qué pasó, pero fue una agradable sorpresa. Lo más decente sería invitarlos a que compren la revista y lean la crónica, pero la dejo aquí por si no tienen tiempo de ir a buscarla.

Barcelona: serpiente colorida

Si pudiéramos observar la silueta de las ciudades desde el cielo, lo más probable es que nos sucediera lo mismo que cuando buscamos figuras en las nubes: encontraríamos animales que se transforman en castillos o en monstruos. Sin embargo, la forma de las ciudades también se va dibujando bajo nuestros pies después de caminarlas; ante nuestros ojos después de atravesar calles, plazas, parques, y especialmente, en el caso de Barcelona, ramblas y callejones.
Claro que la vista de esta ciudad desde un avión en nada se parece a un animal ni a un monstruo; mirándola objetivamente su figura es bastante sencilla e incluso práctica: un blanco rectángulo irregular bañado por el mediterráneo a los pies de una montaña que a su vez es una especie de parcela dividida en otros rectángulos más largos que atraviesan el territorio de norte a sur.
En realidad, Barcelona vista desde arriba es una mancha de leche.

Contrapunto
Uno no se da cuenta de lo acostumbrado que está a las condiciones climáticas de su país hasta que visita otro; sobre todo en los últimos años durante los cuales hemos notado cómo el sobrecalentamiento de la tierra ha provocado que los climas sean extremos y cambien casi de un momento a otro.
Parecerá extraño y tal vez depende de la experiencia de cada persona, pero creo que es posible ratificar la teoría de que el clima donde se desenvuelve la gente se refleja en su carácter. El aire frío, la llovizna constante, la bruma que puede imponerse durante el recorrido por ciudades como París, Laussane o Praga se manifiestan en algunos rasgos y actitudes de sus habitantes, lo cual, aunado a las diferencias de idioma y alimentación, hace más fuerte cierto sentimiento de extrañeza y no pertenencia, pero a la vez de curiosidad y fascinación.
Por fortuna el frío se queda en algún lugar de las vías que el tren recorre para hacernos llegar a la capital de Cataluña, y en su lugar nos recibe una cálida oleada de aire con las primeras luces de la mañana. Otra vez, la teoría del clima y la gente se comprueba: parece que hemos llegado a una provincia que nada tiene que ver con las ciudades cosmopolitas a pesar de encontrarse en una de ellas.
La primera impresión que se registra en el cuerpo al caminar por esta ciudad es la ligereza con que la gente se desliza de un lado a otro, dándose el tiempo de sentir la luz del sol que se expande por las avenidas libres de edificios descomunales.
Esta es una de las principales características que convierten a Barcelona en una ciudad tan contrastante en comparación con otros lugares de Europa: la sensación de libertad y ligereza, de aceptación a la diversidad. Y esta percepción es importante cuando uno como extranjero no sabe cómo funcionan las cosas en cada país y descubre que en la mayoría se impone cierto temor y rechazo a la llegada de inmigrantes en busca de trabajo y por lo tanto en busca de un nuevo estilo de vida que implica mezclarse con los nativos del lugar.

Retazos y parches
En el Barrio Gótico perviven los muros palimpsesto, en la Plaza del Rey los muros baleados. Las paredes muestran estragos de años atrás, la pintura se descarapela invadida por musgo y algunas plantas trepadoras. Se superponen o se entierran los ocres, los rojizos, algunas cales de un blanco sucio y grises severos. Los edificios conviven yuxtaponiendo arquitecturas de distintos siglos, no se busca imponer una homogeneidad para que las calles luzcan perfectas, aún cuando sus trazos lo son; con su irregularidad dejan claro que la búsqueda de la perfección es caldo de cultivo para la esterilidad. La diferencia en los tamaños, las formas y los colores crea una ilusión óptica y sensorial a tal grado que quien la recorre percibe contornos curvilíneos donde desde una perspectiva aérea sólo podría apreciarse un ángulo recto.
Aquí no preocupa la mala imagen que supuestamente ocasionaría a los cientos de extranjeros que la visitan a diario el hecho de que las paredes se estén desmoronando, ni que se encuentren adornadas con múltiples grafittis cuya hechura data de años en los que se raspaba la pared directamente, esgrafiándola y decorándola; cuya evolución es notable gracias al uso de aerosoles o etiquetas. Se entiende que estos elementos contribuyen a tatuar la ciudad, no a devastarla o corromperla como podrían argumentar las leyes de nuestro país para censurar tales actos.

Contrapunto II
A lo largo del tiempo algunos historiadores han querido convencernos de que la riqueza cultural de una ciudad se representa y sobrevive gracias a sus monumentos, de hecho la rigidez con que se identifica un iceberg es parecida a la que puede relacionarse con la pesadez de las construcciones que se imponen cual monolitos, como queriendo con ello garantizar su permanencia. Aunque estos rasgos no disminuyen las cualidades estéticas de las obras arquitectónicas, sí logran transmitir una sensación de grandeza inalcanzable, acaso inhumana, prepotente; sin embargo ello contradice el objetivo de los artistas al exponer su obra: hacer del arte algo tangible, cercano al hombre, que viva a través del hombre.
Para comprender que Barcelona no responde a tal estructura, valdría la pena recordar que es una de las ciudades más representativas del modernismo arquitectónico, el de Domenèch i Montaner o el de Antoni Gaudí, cuyo motor era romper con los estilos dominantes y crear una estética renovada en la que se conjugaran elementos alusivos a la naturaleza y la revolución industrial. La idea era plantear que puede haber una comunión entre los avances logrados por el hombre respetando el entorno natural a través de materiales emblemáticos como el hierro y el cristal, respectivamente.
Además de empezar a trabajar tales materiales con especial esmero en figuras retorcidas, tridimensionales, alusivas a elementos orgánicos, se buscaba aterrizar los conceptos de belleza y estética para que dejaran de ser exclusivos de las construcciones arquitectónicas y se convirtieran en valores asequibles a los objetos de uso cotidiano. Esto se relaciona con una intención política que trataba de socializar y democratizar el arte: la población debía acceder a él de una forma más tangible, des-sacralizando los museos o los monumentos. Por esta razón, los arquitectos también se convirtieron en diseñadores que trasladaban la intención estética del exterior de algún edificio a la decoración de los interiores para crear un conjunto integral.

Sinfonía catalana
Puedes caminar por todas las ramblas de norte a sur y cada una te llevará a una playa distinta. Si tienes suerte llegarás a Nova Mar Bella, donde eres libre de exponer tu cuerpo sin prenda alguna para asolearte o remojarte en el mar. Si eres observador, al andar sobre la rambla te darás cuenta de que el suelo está cubierto de unos adoquines con dibujos alusivos al océano: caracoles, estrellas, moluscos diseñados por Gaudí y que han sobrevivido el paso del tiempo y de los caminantes. Cuando levantes la vista tendrás ante ti una farola de herraje negro con curvas y puntas de lanza que sostiene en lo alto un murciélago atrapado en pleno vuelo; de golpe recordarás para quién se hizo la noche.
Aquí no existe el tipo de presión que acelera el paso de los habitantes de las grandes ciudades, sin embargo puede sentirse una vitalidad que mantiene el ritmo constante, que te impulsa a buscar más, a mirar más. Oyes los murmullos, las risas, las pláticas entusiasmadas en un lenguaje que entiendes a la mitad, porque el catalán sólo pueden pronunciarlo los catalanes, y comprendes que por más que te esfuerces no tienes derecho a descifrar ese código con el que se comunican frente a ti cuando no quieren que sepas de lo que están hablando. Es el lenguaje su principal arma de identidad. Es eso de lo que se trata tanta multiplicidad, excentricidad si se quiere: la búsqueda de algo que los haga particulares. ¿Será por eso que la mayor parte de los habitantes son jóvenes? ¿Será por eso que los ancianos se han cansado lo suficiente como para querer ser diferentes? ¿Será por eso que la mayor parte de la población madrileña es de la tercera edad?
Pantalones, faldas, mallas, playeras, camisas de colores a rayas que recuerdan a los saltimbanquis y a personajes de circo; atuendos que en su esfuerzo por no parecerse a los de nadie más apuntan a cierta teatralidad, casi estrafalaria. Vestiduras de colores intensos que hacen juego con la pedrería y los mosaicos de lugares tan emblemáticos como el Park Güell o la casa Batlló. Cabellos divididos en largas trenzas delgadísimas; cueros cabelludos expuestos a rape de un lado o en cortes dispares, en remolinos con puntas dirigidas hacia todos lados. Las barbas y bigotes se decoloran para ser cubiertos de tintes rojos y verdes, se adornan con arillos o se dividen en pequeñas rastas. Inevitablemente te recuerda al Tianguis del Chopo, pero cambiando el negro por cualquier otro color y sin restringirse a un perímetro delimitado.
Y son ellos, los jóvenes quienes se desbordan por las avenidas, las ramblas, los cafés, los bares, los museos, las banquetas por donde se instalan ferias de libros de viejo.
Conforme avanzas por este enorme camellón te acompañan restos de ecos que se van quedando atrás o se diluyen mezclándose con los sonidos que se adivinan más adelante. El silencio es imposible donde hay una guitarra, un saxofón, una trompeta, una voz que canta o que grita monólogos; un montón de pajarillos enjaulados, vendedores de artículos para mascotas, de pinturas, de plantas, flores, peces y tortugas. El barullo es constante, el ir y venir en bicicletas, patines, casi siempre a pie y rápido, quedando con quienes se cruzan para verse al rato, por que la noche está destinada al bar para hacer la cerveza, jugar billar y hablar, hablar, hablar.
Más tarde te das cuenta de que el bar no es el único espacio para beber y convivir cuando la humedad y el calor mediterráneo rigen tu insomnio. Si te dejas perder por los callejones del Barrio Gótico encontrarás árabes ambulantes que venden cerveza a un precio bastante módico. Puedes beberla y refrescarte mientras andas de arriba para abajo, cruzando una y otra vez la Catedral de Santa Eulalia quizá sin darte cuenta, leyendo los letreros que anuncian mercerías, abarrotes, peleterías, charcuterías, telas y vestidos a la medida; letreros que inauguraron dichos establecimientos hace años y que siguen colgados de sus soportes de madera, probablemente sin que jamás sean sustituidos por luces de neón.
Los callejones parecen trazar líneas sobre algún caracol gigante que te lleva sobre su caparazón. Te detienes ante plazas pequeñas pero bastante concurridas. Las escalinatas de las fuentes sirven de asiento para quienes entonan canciones acompañados de sus guitarras y tambores; o en algunos casos funcionan como sala de espera de los que están pendientes de la llegada de algún camello cargado de marihuana o haschís. Te aventuras por otras calles y llegas a avenidas distintas cada vez, con explanadas que ofrecen jardineras para descansar; mesas y sillas recogidas, almacenes. En una de ellas se posa un gato gigantesco que no puede negar su paternidad boteresca; en otra, mucho más adelante se abre una boca al puro estilo pop de Lichtenstein; en otra, cuando ya no sabes exactamente por dónde seguir, te espera Cristóbal Colón cubierto de caca de paloma, señalando hacia el mar, rumbo a América.
Ocupas una banca para tomarte el tiempo de planear el mapa de regreso a tu hostal, pero en vez de visualizar las calles o la línea de metro que debes tomar aparecen como flashazos las imágenes de tus recientes descubrimientos: la cerámica que recubre las banquitas, los plafones, las fachadas de las torres, el lagarto y las fuentes del Park Güell es resultado de miles de vajillas rotas cuyos diseños y colores conviven y contrastan con la piedra pura, labrada. Recuerdas que para llegar ahí debiste subir varias pendientes, algunas tan empinadas que contaban con escaleras eléctricas. En algún momento llegaste tan arriba que estabas en la punta de un cerro cuya función verdadera era la de mirador: toda la ciudad ante tus ojos, y más allá el mar. Después descubriste que esa iglesia enorme era la Sagrada Familia, y que los reflejos que brotaban de algunas torres se debían a la intensidad del sol sobre vidrios y azulejos de los edificios que conforman la “manzana de la discordia”, esa colonia en la que confluyen marcadamente las construcciones de épocas tan distintas.
Por ahí está la Fundación Antoni Tápies con su muralla de alambres retorcidos simulando una silla enorme sobre la entrada.
Si no tienes coche, a la Fundación Miró sólo se llega si transbordas en el metro para tomar el funicular que te lleva colina arriba, donde también puedes perderte en los corredores que conectan jardines y fuentes que en su conjunto son un parque grandísimo.
Distinto, raro, diferente, atractivo. ¿Es la ciudad o es tu no pertenencia extranjera? Miras la luna y miras la hora y sabes que tienes que irte, pero no quieres. Sabes también que no es al hostal a donde no quieres regresar.

viernes, agosto 31, 2007

Nuevas buenas


En realidad no sé qué tan nueva sea esta noticia, pero yo lo acabo de descubrir y estoy contenta por ello. El querido Édgar logró reunir fondos para publicar su primer libro de cuentos, y ahora es parte del catálogo de las ediciones de Ficticia. Espero tenerlo y leerlo pronto, y lo mismo para ustedes, si alguien lo ve por ahí.

jueves, julio 19, 2007

Ya viene la edición del 10 aniversario de la Agenda de la Luna. El texto con el que participo puede ser este:

Trípode de luz

I

Mirar las estrellas de día,
cielo donde la luna
y el sol
ocupan el mismo espacio
extenso, sin nubes que aclaren
el ultramar-ultracielo
azul.

II

Explorar la luz nocturna,
encontrar en el negro más profundo
un abismo blanco,
un punto plateado
al que le ofrendan una danza
las estrellas
más pequeñas
sin atreverse a brillar tanto
ni a crecer como un ojo;
sólo a vibrar,
a girar,
a inflarse temblando
a punto de perderse
en explosión.

III

Las luces de los faroles se alzan sobre postes de metal, tubos gruesos como brazos largos que se estiran para alcanzar el patio en el que juegan los astros. No importa cuántos watts le den vida a los focos, la luz que irradian sólo ilumina la sombra de las figuras que avanzan alargándose: hombres y animales que no pueden dejar de mirar hacia arriba, de rondar las calles olvidándose del calor de sus camas o la humedad de sus rincones. Sonámbulos lunáticos se deslizan sin escuchar sus pasos, sin escuchar el aullido de alguna sirena o de algún asesinado; sólo giran despacio al ritmo de la luna, esperando que ella alumbre y abrase sus huesos como no lo hacen los dedos del sol.

O este:

Baile de insomnes

El sueño es imposible
cuando la noche brilla feroz,
cuando los cantos de estrellas y cometas
hacen nadar a los peces
hacia la orilla de ríos y playas
donde se olvidan de que no tienen pies,
de que el aire
y el hombre matan.

Ahí descubren que sus aletas giran,
que la luna retumba en sus escamas,
que todos los enemigos duermen;
y que ellos,
anfibios y peces hipnotizados por el insomnio,
para el árbol, la arena y la noche,
por vez primera danzan.

miércoles, julio 11, 2007

Finales y Principios

El viernes pasado acabó Caza de Letras y yo nunca pude seguirles el paso con los ejercicios, incluso con las lecturas, pues al final me enfermé de infección intestinal y estuve desconectada de todo por una semana. Cuando volví a conectarme, ya estaban con los ejercicios para definir al ganador. Lo que me dio gusto es que ganó la chava a la que yo le iba; quizá no era mi favorita desde el inicio, pero digamos que fue –a mi parecer- la que más atención puso a las correcciones sugeridas y en la que se notó más trabajo para sacar un mejor texto cada vez.
Lo que también me gustó es que yo misma aprendí a tomar más en serio la disciplina y los comentarios que los demás pueden tener sobre el trabajo de uno. Todos los ejercicios me parecieron un gran reto y por demás interesantes; lo que fue decepcionante es que no todos los que concursaron aprovecharon estos incentivos para detonar su creatividad. Espero terminar pronto los ejercicios restantes, no importa que haya acabado el concurso, pues en verdad yo no rivalizo con nadie.
Y hablando de ejercicios y talleres, estoy cursando uno con mi amigo y compañero de años: Gerardo Piña. La clase se divide en dos partes: primero analizamos un texto (previamente leído, ya vimos, por ejemplo, Muerte sin fin y sigue El rey Lear) en base a un temario que él elaboró donde destaca puntos determinados de la poesía, la narrativa, el teatro o el ensayo. Luego cada quien saca el texto que forma parte del proyecto que previamente decidió llevar a cabo. La idea es trabajar sobre el proyecto hasta que quede terminado. Llevamos tres clases, y quizá todavía es tiempo para que alguien que se interese asista. La dirección es Tenis 63, depto. 2, atrás del metro General Anaya. Nos vemos cada lunes de 7:30 a 9:30 y estaremos ahí por tres meses. Sólo hay que pagar
$1 800.00 en dos abonos.

Y otro curso que va a comenzar mañana, al que también voy a asistir es el que impartirá José Vicente Anaya en el Centro de Lectura Condesa:

Taller-Seminario homenaje a Juan Martínez
Se estudiarán las principales vanguardias poéticas y autores individuales. Para cada tema se establecerá una bibliografía específica, libros que serán analizados y discutidos en grupo. Al concluir cada tema los alumnos escribirán una crónica o ensayo para fundamentar sus conocimientos (se darán normas básicas de investigación bibliográfica). Parte de las sesiones se utilizará para analizar poemas de los asistentes (“tallerear”) de acuerdo con el ritmo de trabajo. Los conocimientos que van siendo adquiridos en el estudio servirán de herramientas para madurar conceptos de análisis. Duración 8 sesiones. Inicia: 12 de julio; concluye: 18 de octubre Jueves de 17:00 a 20:00 horas. Si les interesa otro taller del CLC, pueden verlo aquí: http://www.literaturainba.com/diccionarios/talleres.php

viernes, junio 08, 2007

Poesía en La Araña

Hoy me toca leer un poco de poesía en este lugar. Si tengo suerte, Mote me acompañará con ambientaciones de noise haciendo uso de su nuevo teclado ochentero. A ver qué sale.
Les dejo una nota sobre el lugar por si les interesa ir hoy o cualquier otro día a beber o a leer:
http://www.jornada.unam.mx/2006/07/20/a10n1gas.php
La dirección: Campeche 228 local B (casi esquina con Insurgentes), colonia Condesa.
A partir de las 9 de la noche.

En las vitrinas de la galería José María Velasco


Ya pasó la inauguración, pero sigue la exposición todo el mes. El trabajo de Mote se encuentra en las vitrinas. Ojalá puedan asomarse, vale la pena.

Estropear pistas

En este juego ya están muy avanzados y ahora está más emocionante porque han nominado a ocho participantes. Yo los sigo a mi paso y espero alcanzarlos pronto. No he realizado los ejercicios especiales, pero los he considerado para un apartado al final.

5. En el cuento “La esperanza” de Villiers de l’Isle Adam (incluido después de estas instrucciones), el final se anticipa por medio de varias pistas sutiles que pueden pasar inadvertidas hasta llegar al final del texto. Al leer esa conclusión, hechos que parecían triviales y a los que no se da énfasis durante el desarrollo del cuento resultan ser importantísimos, pues hacen posible creer en la lógica de la historia entera y de la sorpresa que nos revela en las últimas líneas.
Para este ejercicio, es necesario localizar una de esas pistas y estropearla: reescribir el pasaje donde se encuentre de modo que lo que sólo insinúa se vuelva obvio, o bien cambiar el hecho que constituye la pista de modo que resulte incongruente con el resto del texto. La extensión máxima del pasaje reescrito debe ser de 400 caracteres incluyendo espacios.

(Mi pista estropeada está en cursivas)


LA ESPERANZApor Villiers de l’Isle Adam Al atardecer, el venerable Pedro Argüés, sexto prior de los dominicos de Segovia, tercer Gran Inquisidor de España, seguido de un fraile redentor (encargado del tormento) y precedido por dos familiares del Santo Oficio provistos de linternas, descendió a un calabozo. La cerradura de una puerta maciza chirrió; el Inquisidor penetró en un hueco mefítico, donde un triste destello del día, cayendo desde lo alto, dejaba percibir, entre dos argollas fijadas en los muros, un caballete ensangrentado, una hornilla, un cántaro. Sobre un lecho de paja sujeto por grillos, con una argolla de hierro en el pescuezo, estaba sentado, hosco, un hombre andrajoso, de edad indescifrable. Este prisionero era el rabí Abarbanel, judío aragonés, que -aborrecido por sus préstamos usurarios y por su desdén de los pobres- diariamente había sido sometido a la tortura durante un año. Su fanatismo, “duro como su piel”, había rehusado la abjuración. Orgulloso de una filiación milenaria -porque todos los judíos dignos de este nombre son celosos de su sangre-, descendía talmúdicamente de la esposa del último juez de Israel: Hecho que había mantenido su entereza en lo más duro de los incesantes suplicios. Con los ojos llorosos, pensando que la tenacidad de esta alma hacía imposible la salvación, el venerable Pedro Argüés, aproximándose al tembloroso rabino, pronunció estas palabras:
-Hijo mío, alégrate: Tus trabajos van a tener fin. Si en presencia de tanta obstinación me he resignado a permitir el empleo de tantos rigores, mi tarea fraternal de corrección tiene límites. Eres la higuera reacia, que por su contumaz esterilidad está condenada a secarse… pero sólo a Dios toca determinar lo que ha de suceder a tu alma. ¡Tal vez la infinita clemencia lucirá para ti en el supremo instante! ¡Debemos esperarlo! Hay ejemplos… ¡Así sea! Reposa, pues, esta noche en paz. Mañana participarás en el auto de fe; es decir, serás llevado al quemadero, cuya brasa premonitoria del fuego eternal no quema, ya lo sabes, más que a distancia, hijo mío. La muerte tarda por lo menos dos horas (a menudo tres) en venir, a causa de las envolturas mojadas y heladas con las que preservamos la frente y el corazón de los holocaustos. Seréis cuarenta y dos solamente. Considera que, colocado en la última fila, tienes el tiempo necesario para invocar a Dios, para ofrecerle este bautismo de fuego, que es el del Espíritu Santo. Confía, pues, en la Luz y duerme.
Dichas estas palabras, el Inquisidor ordenó que desencadenaran al desdichado y lo abrazó tiernamente. Lo abrazó luego el fraile redentor y, muy bajo, le rogó que le perdonara los tormentos. Después lo abrazaron los familiares, cuyo beso, ahogado por las cogullas, fue silencioso. Terminada la ceremonia, el prisionero se quedó solo, en las tinieblas.
*
El rabí Abarbanel, seca la boca, embotado el rostro por el sufrimiento, miró sin atención precisa la puerta cerrada. “¿Cerrada?…” Esta palabra despertó en lo más íntimo de sus confusos pensamientos un sueño. Había entrevisto un instante el resplandor de las linternas por la hendidura entre el muro y la puerta. Una esperanza mórbida lo agitó. Suavemente, deslizando el dedo con suma precaución, atrajo la puerta hacia él. Por un azar extraordinario, el familiar que la cerró había dado la vuelta a la llave un poco antes de llegar al tope, contra los montantes de piedra. El pestillo, enmohecido, no había entrado en su sitio y la puerta había quedado abierta.
El rabino arriesgó una mirada hacia afuera.
A favor de una lívida oscuridad, vio un semicírculo de muros terrosos en los que había labrados unos escalones; y en lo alto, después de cinco o seis peldaños, una especie de pórtico negro que daba a un vasto corredor del que no le era posible entrever, desde abajo, más que los primeros arcos.
Se arrastró hasta el nivel del umbral. Era realmente un corredor, pero casi infinito. Una luz pálida, con resplandores de sueño, lo iluminaba. Lámparas suspendidas de las bóvedas azulaban a trechos el color deslucido del aire; el fondo estaba en sombras. Ni una sola puerta en esa extensión. Por un lado, a la izquierda, troneras con rejas, troneras que por el espesor del muro dejaban pasar un crepúsculo que debía ser el del día, porque se proyectaba en cuadrículas rojas sobre el enlosado. Quizá allá lejos, en lo profundo de las brumas, una salida podía dar la libertad. La vacilante esperanza del judío era tenaz, porque era la última.
Sin titubear se aventuró por el corredor, sorteando las troneras, tratando de confundirse con la tenebrosa penumbra de las largas murallas. Se arrastraba con lentitud, conteniendo los gritos que pugnaban por brotar cuando lo martirizaba una llaga.
De repente un ruido de sandalias que se aproximaba lo alcanzó en el eco de esta senda de piedra. Tembló, la ansiedad lo ahogaba, se le nublaron los ojos. Se agazapó en un rincón y, medio muerto, esperó.
Era un familiar que se apresuraba. Pasó rápidamente con una tenaza en la mano, la cogulla baja, terrible, y desapareció. El rabino, casi suspendidas las funciones vitales, estuvo cerca de una hora sin poder iniciar un movimiento. El temor de una nueva serie de tormentos, si lo apresaban, lo hizo pensar en volver a su calabozo. Pero la vieja esperanza le murmuraba en el alma ese divino tal vez, que reconforta en las peores circunstancias. Un milagro lo favorecía. ¿Cómo dudar? Siguió, pues, arrastrándose hacia la evasión posible. Extenuado de dolores y de hambre, temblando de angustia, avanzaba. El corredor parecía alargarse misteriosamente. Él no acababa de avanzar; miraba siempre la sombra lejana, donde debía existir una salida salvadora.
De nuevo resonaron unos pasos, pero esta vez más lentos y más sombríos. Las figuras blancas y negras, los largos sombreros de bordes redondos, de dos inquisidores, emergieron de lejos en la penumbra. Hablaban en voz baja y parecían discutir algo muy importante, porque las manos accionaban con viveza.
Ya cerca, los dos inquisidores se detuvieron bajo la lámpara, sin duda por un azar de la discusión. Uno de ellos, escuchando a su interlocutor, se puso a mirar al rabino. Bajo esta incomprensible mirada, el rabino creyó que las tenazas mordían todavía su propia carne; muy pronto volvería a ser una llaga y un grito.
Desfalleciente, sin poder respirar, las pupilas temblorosas, se estremecía bajo el roce espinoso de la ropa. Pero, cosa a la vez extraña y natural: los ojos del inquisidor eran los de un hombre profundamente preocupado de lo que iba a responder, absorto en las palabras que escuchaba; estaban fijos y miraban al judío, sin verlo.
Al cabo de unos minutos los dos siniestros discutidores continuaron su camino a pasos lentos, siempre hablando en voz baja, hacia la encrucijada de donde venía el rabino. No lo habían visto. O fingían no verlo, pues con el paso del tiempo se han acostumbrado a los fenómenos de desdoblamiento que invaden a los condenados en vísperas de su muerte: el alma –fácil de ver debido a su esencia fluorescente- se separa de ellos mientras duermen y deambula por el monasterio en busca de alguna puerta secreta que le ofrezca libertad.
De pronto sintió frío sobre las manos que apoyaba en el enlosado; el frío venía de una rendija bajo una puerta hacia cuyo marco convergían los dos muros. Sintió en todo su ser como un vértigo de esperanza. Examinó la puerta de arriba abajo, sin poder distinguirla bien, a causa de la oscuridad que la rodeaba. Tentó: Nada de cerrojos ni cerraduras. ¡Un picaporte! Se levantó. El picaporte cedió bajo su mano y la silenciosa puerta giró.
*
La puerta se abría sobre jardines, bajo una noche de estrellas. En plena primavera, la libertad y la vida. Los jardines daban al campo, que se prolongaba hacia la sierra, en el horizonte. Ahí estaba la salvación. ¡Oh, huir! Correría toda la noche, bajo esos bosques de limoneros, cuyas fragancias lo buscaban. Una vez en las montañas, estaría a salvo. Respiró el aire sagrado, el viento lo reanimó, sus pulmones resucitaban. Y para bendecir otra vez a su Dios, que le acordaba esta misericordia, extendió los brazos, levantando los ojos al firmamento. Fue un éxtasis.
Entonces creyó ver la sombra de sus brazos retornando sobre él mismo; creyó sentir que esos brazos de sombra lo rodeaban, lo envolvían, y tiernamente lo oprimían contra su pecho. Una alta figura estaba, en efecto, junto a la suya. Confiado, bajó la mirada hacia esta figura, y se quedó jadeante, enloquecido, los ojos sombríos, hinchadas las mejillas y balbuceando de espanto. Estaba en brazos del Gran Inquisidor, del venerable Pedro Argüés, que lo contemplaba, llenos los ojos de lágrimas y con el aire del pastor que encuentra la oveja descarriada.
Mientras el rabino, los ojos sombríos bajo las pupilas, jadeaba de angustia en los brazos del Inquisidor y adivinaba confusamente que todas las fases de la jornada no eran más que un suplicio previsto, el de la esperanza, el sombrío sacerdote, con un acento de reproche conmovedor y la vista consternada, le murmuraba al oído, con una voz debilitada por los ayunos:
-¡Cómo, hijo mío! ¿En vísperas, tal vez, de la salvación, querías abandonarnos?

jueves, mayo 31, 2007

Un ojo al gato...

Es más difícil de lo que pensé seguir el ritmo de Caza de letras, no sólo para jugar también, sino para leer con atención los ejercicios, las repentinas (ejercicios especiales para trabajar una cuestión específica de algún participante) y los ejercicios de los nominados, que además de ser más difíciles en el sentido de que hay que leer con cuidado las instrucciones, deben responderse en un tiempo más reducido.
El caso es que no me rindo, pero los estoy siguiendo con un ojo al gato y otro al garabato. Algo me dice que no soy la única, pues uno que otro participante parece estar haciendo varias cosas al mismo tiempo...
Aquí el que sigue:

4. Hay un par de zapatos rojos tirados en el centro de la calle, por donde circulan los coches. Elabora un argumento a partir de esta imagen. Inventa la historia detrás de ellos en 1000 caracteres incluyendo espacios. La originalidad, verosimilitud, coherencia y consistencia serán importantes. Este puede ser el material inicial para la escritura de un cuento, una novela, una obra de teatro o un guión de cine.

Los mariachis ya saben a qué calle y número se dirigen; hace un par de semanas le dieron una serenata a la mujer que hoy van a buscar. Sin embargo, después de cinco canciones y ninguna luz prendida, el de la trompeta voltea a ver al hombre que los contrató, quien le hace señas de que sigan. Un teporochito desvía su camino atraído por la música. Algo le pregunta al de la trompeta y éste mueve la cabeza negativamente. El teporochito grita pidiendo que salgan, que hay romance y serenata. Se dirige al hombre que ahora camina ansioso de un lado a otro y también pregunta algo, pero éste le responde con sendos puñetazos. La sangre chorrea de nariz y boca sobre el asfalto y los tenis del teporochito. Algunos vecinos observan desde las ventanas, pero sólo uno baja a la calle, se quita una bota y con el casquillo de ésta golpea la cabeza del hombre, haciéndolo caer. Ayuda en lo que puede al herido, y al ver su ropa y zapatos empapados de sangre le deja las botas y el suéter. Los mariachis acaban su repertorio y se van. El hombre despierta poco a poco y sólo le acompañan unos tenis ahora rojos.

lunes, mayo 21, 2007

Frío

Muchos han criticado el hecho de clasificar al concurso Caza de letras como un reality show, ya que de inmediato adquiere un sentido despectivo al relacionársele con los programas televisivos que ostentan tal etiqueta. Sin embargo, la importancia de entrar a la página a cualquier hora del día, leer los textos de los 12 participantes y ver cómo resolvieron el reto, radica en que damos pistas a los talleristas y a los alumnos para indicarles quiénes han salido mejor librados y cómo podrían ayudar a quienes les ha faltado enfocarse en determinado asunto.

Aquí el segundo ejercicio y mi respuesta:

Este ejercicio consiste en escribir, en un párrafo de hasta 400 caracteres incluyendo espacios, la descripción de un paisaje cualquiera como la haría un personaje a quien acaba de diagnosticársele una enfermedad terminal. Es importante no mencionar la enfermedad ni ningún dato concreto del personaje: sólo la descripción, afectada como estaría por el estado de ánimo de quien la hace.

Los relámpagos iluminan la madrugada brumosa. El pavimento húmedo exhala vapor que flota al ras del suelo; sin luna, sólo luces ambarinas se reflejan en los charcos. Las plantas sobre la banqueta liberan aromas dulces que compiten con el olor del pasto y la tierra mojada. El frío afloja tu flujo nasal haciéndolo escurrir hasta los labios, pero en vez de papel, lo limpias con la lengua y degustas su sabor.

A la Caza de Letras

Si bien no pudo ser más amplia la selección de participantes y no están todos los que quisieran, una buena opción es integrarse de manera alterna a http://www.cazadeletras.unam.mx/, concurso que se lleva a cabo desde hace dos semanas, me parece, y cuyos resultados han sido textos intensos, polémicos, algunos más poéticos que narrativos y otros un poco desangelados.
Hasta ahora los ejercicios han sido un verdadero reto para cumplir con ellos al pie de la letra, lo cual se nota en los comentarios realizados por el público lector y los talleristas. También es fácil corroborarlo si se intenta seguir las instrucciones con un texto propio, y que es, a mi manera de ver, una forma de entender mejor a los concursantes y juzgar su trabajo. Por ello propongo estar al tanto de lo que ocurre ahí (se participa leyendo y comentando) y responder a los ejercicios, como en el juego, cada quien en su blog y estar pendientes de las anotaciones que cualquier lector esté dispuesto a hacer, de preferencia, de manera constructiva. Si se puede seguir el ritmo de horarios de entrega, mejor. (A partir de ahora puede hacerse con el tercer ejercicio, pues los dos primeros ya están siendo evaluados)
A continuación traslado el primer ejercicio y mis respuestas.

Elige un espacio cerrado (cafetería, habitación, vagón de metro, etcétera) y descríbelo en 700 caracteres incluyendo espacios. Haz lo mismo con un espacio abierto (playa, parque, calle, etc.). Haz que tu lector se sienta allí y que su estado de ánimo esté a tono con el lugar.

I. Espacio Abierto

El viento cada vez más intenso sacude las láminas de acrílico superpuestas en las jaulas donde cuelga la ropa; el golpeteo anuncia que en cualquier momento saldrán volando las láminas o las jaulas enteras. El piso está cubierto de impermeabilizante color ladrillo cuya superficie craquelada evidencia la constante humedad, resequedad y contacto con detergentes a los que está expuesto. A veces el olor del suavizante neutraliza el del orín o caca de las mascotas que no salen al parque. Cuando el cielo está claro, desde aquí se ven volcanes, cerros que rodean la ciudad y pedazos de ciudad que invaden cerros. Imposible no mirar el despliegue de colores con los que el sol se despide de las nubes al atardecer.

II. Espacio Cerrado

Un plástico negro y grueso de cinco por tres metros cubre las losetas de cerámica para evitar que éstas se manchen de óleo o acrílico. Las amplias ventanas dejan entrar la luz del sol filtrada por las nubes. En un rincón se amontonan varillas de paraguas, pedazos de periódico, estopa y papeles limpios. Papeles húmedos de acuarela y barniz yacen en el suelo junto a latas contenedoras de pinceles, brochas, lápices y marcadores de cera. Un lienzo de loneta recién clavado al bastidor está a punto de ser encolado; la mezcla de esencia de clavo y cola de conejo emana un aroma que tardará dos días en desaparecer.

viernes, mayo 11, 2007

Amanecer al aire libre I


“Debe ser el hábito de esperar que algo quiebre el unísono”.
Cerati/Soda Stéreo, Ángel eléctrico.

Y lo que ocurrió fue la madrugada del 6 de mayo de 2007 en el zócalo. Sé que mi semblanza puede parecer ridícula si se toma en cuenta que es una entre 18 000, pero sé que si nos lográramos volver a reunir y comparáramos nuestras impresiones sólo coincidiríamos en ciertos sucesos inevitables; las sensaciones y los pensamientos que acudieron a cada uno de nosotros difícilmente serán iguales.

Acompañada de dos cómplices incondicionales, llegamos en punto de las 4 de la madrugada al lugar acordado, sorprendidos de que la fila para entrar se convirtiera en cuatro hileras interminables que a momentos se tornaban en nudos caóticos, donde era difícil adivinar la dirección de avanzada. De hecho, mientras estábamos en casa esperando la hora de partir, bromeábamos especulando que seríamos los únicos tres locos encuerados en medio del zócalo vacío congelándonos ante la cámara de Tunick. ¡Ja! Cómo nos quedamos callados y con los ojos bien abiertos ante el desfile de tanta y tanta gente acercándose a la entrada.

Cuando logramos pasar y nos guiaron hacia la zona en la que debíamos esperar sentados hasta que terminara de entrar la gente, fue cuando sentí más frío y me cayó de golpe la idea de que en breve estaría desnuda junto a todos los que me estaban rodeando. Recuerdo que algunas muchachas empezaron a preocuparse porque la mayoría junto a nosotros eran hombres, e incluso me pidieron que me mantuviera cerca de ellas y de otras con quienes se estaban poniendo de acuerdo. No pude evitar reírme y decirles que al menos los hombres con quienes yo iba eran inofensivos en el sentido de que si bien les encantan las mujeres, no serían capaces de echárseles encima como perros hambrientos por tres razones: son respetuosos, uno de ellos iba conmigo y el otro está casado, y los dos estaban en plena pachequez, por lo que –como supe después– un cuerpo desnudo sin importar su género, lo mismo podría figurar un árbol, la lluvia, o una imagen reflejada en un espejo por otro espejo.

Creo que estuvimos sentados cerca de hora y media, y a momentos cabeceábamos o nos acurrucábamos para dormitar mientras seguía entrando gente. El barullo era increíble y lo mismo gritaban goyas, mentadas de madre a los que llegaban tarde y a los mirones de los balcones; hacían la ola, preguntaban por el baño… Y el frío estaba en su mero apogeo cuando por fin el fotógrafo se plantó frente a nosotros en una escalera y junto a su seudotraductor empezó a dar indicaciones (las mismas que se advertían en la página de internet) explicando lo de las posiciones y los lugares donde se llevarían a cabo las tomas. Ahí de plano el traductor balbuceaba ante las burlas de la mayoría, pues creo que era más fácil entender a Tunick que a él. Después de pedir un poco más de paciencia ambos se dirigieron al hotel Majestic, desde donde estaba instalado el equipo.
Nos sentamos de nuevo, platicamos un poco, alguien anunció por la bocina que en cinco minutos empezaría todo y empezó la movilización. Lo más difícil sería quitarse los zapatos, así que me los fui desatando y otros junto a mí hicieron lo mismo; nos quitamos los suéteres para tratar de acostumbrarnos al frío, pero no nos dio tiempo porque en eso salió Tunick de nuevo al balcón y bastante emocionado preguntó que si estábamos listos, que seguro la gente en Barcelona sentiría mucha envidia si supiera lo que estaba pasando ahí. De pronto sólo escuché “¡Now!” y se desató la euforia. Creo que mi último pensamiento fue “Ojalá que me acuerde dónde estoy dejando esto” mientras doblaba los pantalones dentro de la bolsa y acomodaba las botas junto a ésta; toda la ropa estaba ahí dentro.

Todos pasaban corriendo, creo que exageré un poco con eso de doblar la ropa, y Mote me apresuraba. Al fin me tomó de la mano y nos dirigimos al asta, recuerdo que fue como irse metiendo al mar poco a poco, sobre todo cuando el agua está fría y la arena es gruesa, con restos de caracolillos y conchitas, sólo que en este caso eran piedritas de pavimento que se encajaban en las plantas de los pies, y el frío era el aire tratando de traspasar nuestros cuerpos. Encontramos a Charly y nos quedamos junto a él, viendo cómo se iba llenando el espacio a nuestros lados, cómo sonreían todos buscando un cuadro en el cual refugiarse. El frío en los pies y el temblor de algunos cuerpos tardó en quitarse, pues fue difícil acomodarnos hasta llenar la explanada para empezar con las poses. La piedra estaba tan fría que cuando debíamos movernos hacia delante o atrás era posible percibir el calor de los pies de la persona que había estado ahí.

Aunque era la pose más fácil, Tunick tardó bastante en tomar la primera foto, sobre todo porque no se había llenado bien el espacio de atrás y la gente de allá –que seguro no escuchaba lo que él pedía– tardó bastante en hacer lo necesario. Además, a la deficiencia del sonido había que agregar las risas, los albures, las bromas, el mero juego que rolaba de un lado a otro; los únicos momentos donde hubo silencio fue cuando Spencer anunciaba que estaba listo para disparar. Entonces todos callábamos y hacíamos esfuerzos para no reírnos ni movernos, y estoy segura que escuché cada clic de la cámara. Aplausos. Yo sonreía y mis compañeros también, uno más que otro, que parecía estar en medio de un buen alucine. Los camarógrafos y reporteros habían salido de su escondite y todos apuntaban y lanzaban flashazos hacia nosotros desde una torre esquinada.

Tomamos de nuevo nuestro cuadro y en el balcón del hotel sustituyeron la imagen que ilustraba la pose A (de pie, en posición de firmes) por la B (acostados boca arriba). Tunick anunció que debíamos acostarnos con la cabeza hacia el asta, lo cual provocó un gran movimiento de los cuerpos buscando espacio entre los vecinos, tomando distancia para no pegarles con los pies en la cabeza o no chocar con el de atrás. En ese momento descubrí que la espalda es la parte del cuerpo más susceptible a los cambios de temperatura, porque no me costó trabajo sentarme, pero quedar completamente tendida fue un suplicio; de hecho, como los de atrás se tardaban tanto en hacerlo, hubo momentos en que hacía trampa y recargaba la cabeza arqueando la espalda hacia arriba. Con la mirada inevitablemente puesta en el cielo logré olvidarme del frío siguiendo los revoloteos de los pajarillos que se perseguían y giraban en torno del asta. El azul del amanecer era limpio, sin nubes y con una luz que le daba una intensidad eléctrica. Tunick repetía una y otra vez que todos debían acostarse con las cabezas en el suelo; los barullos nunca paraban y había quien empezaba a quejarse de la lentitud de los de atrás. Por fin anunciaron que se haría la toma y otra vez el silencio se apoderó del espacio, como si de ello dependiera que la foto saliera bien.
Al levantarnos y reacomodarnos, Charly me preguntó si por esa zona volaban murciélagos, y entre risas le dije que no, que los murciélagos no salen de día, que esos eran pajaritos.

La tercera posición fue la más dolorosa: debíamos arrodillarnos y hacernos bolita con la cabeza hacia abajo. Por supuesto las piedras del zócalo no son lisas, y las piedritas y los relieves se enterraban en rodillas y codos. Ahí sí sentía que no iba a aguantar, además la risa me ganaba porque se oía “¡Cuidado allá atrás!” y otro que contestaba “¡No vayan a soltar los pedos!”, y otros chistes que no recuerdo bien, sólo la risa y la desesperación porque faltaban muchos en adoptar la posición. De plano cerré los ojos y traté de pensar en otras cosas para no sentir cómo se me empezaban a entumir las piernas. Estábamos viendo hacia la catedral, pero en una posición que recordaba la reverencia que se hace en las mezquitas y empecé a imaginar cómo se vería la foto, descontextualizada de todas formas porque no aparecería la catedral, pero por la posición del asta y los otros edificios podría adivinarse su ubicación.
La voz de Tunick se escuchó por el altavoz pidiendo paciencia, asegurándonos que la imagen era hermosa. Esta vez el silencio duró mucho más, y fue hasta que empecé a percibir movimientos lentos y murmullos alrededor cuando entendí que la foto estaba tomada. Yo también me levanté despacio y me movía de un lado a otro para desentumirme. Estábamos contentos porque las tres primeras poses habían quedado listas y lo que seguiría en adelante sería improvisación, pues supongo que Tunick había planeado algo cuando estudió el espacio y las posibilidades de explotarlo, pero ahora tenía que adecuarse a la cantidad de gente y al tiempo disponible antes de que el sol se posara por completo sobre nosotros.